El estigma de la timidez

Violencia blanca ejercida por padres y docentes 

A fin de facilitar el proceso mayéutico que permita el re-diseño de una mente afectada por las diversas formas de violencia blanca, deberíamos introducirnos en el análisis de los condicionamientos que terminaron en conductas de timidez, envidia, soberbia, pesimismo y tantas otras que se pueden identificar a través del recurso instrospectivo. Ello permitirá comprender la fuente de la cual provienen tales comportamientos y que tuvieron su origen en determinadas etapas de la vida infantil, adolescente o adulta. 
 
Dentro de las posibilidades de indagación pedagógica de las diferentes instancias que afectaron el modo de pensar y de sentir de cada individuo, no deja de tener relevancia la familia y la escuela, cuya fuerte gravitación en la psiquis del afectado exige no excluirlas. Ello permitirá comprender cómo, a partir de la educación recibida, sea por acción u omisión, sea por exceso o por defecto, la violencia blanca fue ejercida por padres y educadores de una manera inadvertida en el marco de una intencionalidad formativa que no llegó a ser tal ni pudo concretarse en términos de lograr un genuino desarrollo personal. 
 
En sucesivas notas, trataremos las conductas mencionadas a fin de brindar herramientas conceptuales para el auto-diagnóstico y la reflexión. Para ello, comenzaremos por el estigma de la timidez y lo abordaremos teniendo en cuenta las fuentes que la fueron gestando a lo largo de la vida del afectado. 
 
Sabemos que quien sufre de timidez responde a una forma de percibirse a sí mismo desde una suerte de imagen que lo induce a sentir inferioridad y menoscabo para resolver o salir airoso de una determinada situación. Así, cuando tiene que actuar y decidir, o frente a una exigencia relacionada con la convivencia y los vínculos, las imágenes y bloqueos instalados en su pasado lo llevan a la falta de confianza y seguridad acerca de su capacidad y condiciones personales. 
 
Esa imagen de menoscabo inhibe el pensar y el sentir y afecta el ejercicio de las diversas actividades que el mismo sujeto quisiera desarrollar con amplitud y confianza. Cabe preguntar qué acciones vulneraron la imagen de un niño o adolescente mediante la emisión de estímulos verbales, gestuales, implícitos, silenciosos o explícitos, al punto que llegaran a conformar las formas agresivas de una violencia blanca ejercida por los propios padres y docentes. 
 
Así, en cuanto a la fuente familiar, encontramos, entre otros factores, la angustia que los padres manifiestan acerca de situaciones adversas que ellos vivieron en el pasado y que los llevó a sentimientos de pérdida, fracaso y resentimiento. Es muy difícil que este modo de vivir y sentir no tenga un puente de unión y un correlato con la posibilidad de fracasar que los padres imaginan de sus propios hijos en el presente. Si éstos no tienen elementos que les permitan sentir confianza y seguridad en sí mismos, debido a una enseñanza superficial y a una formación precaria en valores, el modelo mental de los padres termina por imponerse en la vida de los hijos como un modo natural de vivir, de pensar y de sentir. 
 
Por su parte, quienes por exigencias perfeccionistas y rigidez mental imponen la idea de que el error es irreversible y no permite posibilidades de aprendizaje, el temor a equivocarse se instala en los hijos como una estructura de control que oprime la mente y achica las posibilidades de acción creativa. De allí que el temor a asumir riesgos, de iniciar un proyecto o tomar decisiones sean secuelas inadvertidas de la violencia blanca ejercida por la rigidez perfeccionista de los padres. 
 
En el ámbito escolar, la timidez se genera desde un campo de acción mucho más amplio, ya que el excesivo control y la evaluación parcializada de las condiciones personales y capacidades de cada alumno, desvirtúan la visión de sí mismo y generan imágenes teñidas de ineptitud, temor y tristeza. Ante tareas y procesos didácticos obsoletos que conducen a la falta de motivación para aprender, la decisión voluntaria es remplazada por la amenaza y el ridículo como recursos deformes para asegurar adaptaciones pasivas a normativas y contenidos estáticos. Aquí tienen su albergue habitual la tristeza infantil y el temor a decidir por sí mismo. 
 
En tales condiciones, la frescura y la alegría por aprender quedan eclipsadas por el miedo a la descalificación por parte del docente como educador formal y por el temor y la angustia a decepcionar a quienes esperaron lo mejor de sus hijos y fueron involuntariamente defraudados por éstos.


Dr. Augusto Barcaglioni
 
 
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Autor: Dr. Augusto Barcaglioni 225 Articles
Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar