Síndrome del invicto

Cuando los elogios impiden crecer

Contrariamente a lo que habitualmente se piensa, en la mayoría de los casos los elogios impiden crecer y evolucionar a quienes los reciben sin haberse preparado previamente para afrontar el éxito con modestia y sencillez. Ello se debe al hecho de que las perturbaciones del elogio suelen impactar negativamente en las emociones, impidiendo el desarrollo personal y la apertura del sujeto hacia una mayor exigencia de superación.

Pues se observan comportamientos y actitudes que emergen de la sensación de superioridad, tanto real como imaginaria, que alguien lleva a cabo por vía de comparación con los demás ante una situación ventajosa, una cualidad, una capacidad o una imagen ficticia, y sobrevaluada, que tiene de sí mismo.

Dicho comportamiento consiste y se alimenta en la sensación que tiene el sujeto de ser el mejor, el más capaz y, en casos más visibles, un invicto privilegiado, potenciado por el enaltecimiento de los demás acerca de algún mérito o virtud que aquél posee.

De una manera u otra, ya sea por motivos reales o aparentes, el invicto, también real o supuesto, padece la distorsión de su propia observación. En ambos casos, se trata de un juego de imágenes, estimulado por el mismo entorno que rodea al sujeto, o por creencias imaginarias acerca de la propia capacidad.

Por tales razones, el invicto padece la endeblez y la fugacidad de lo no-permanente, dado que tanto la ponderación favorable que recibe por vía extrínseca como el autoelogio interno, nunca producen, per se, capacidad o talento real alguno. El elogio no produce capacidad, pues simplemente es una suerte de encomio atractivo que actúa a modo de un edulcorante que, en la realidad, genera un bienestar transitorio.

Recibido por una mente que no piensa ni reflexiona, el elogio suele obnubilar e inmovilizar el talento. Por eso, condiciona el crecimiento y la evolución personal. Esto implica que la condición de invicto o de sobresaliente, en sí misma no favorece el talento ni promueve capacidad alguna, puesto que la sensación de superioridad constituye una instancia subjetiva que proviene de la percepción de un logro o resultado y que son propios de una cultura que enaltece el lucimiento y las apariencias.

Las capacidades y talentos, por su naturaleza, provienen de procesos reales y del esfuerzo de superación, pero nunca de apreciaciones externas o imaginarias. Esta es la razón por la cual la subjetividad de los elogios y ponderaciones no son causas reales de capacidad, talento o evolución.

Salvo casos de excepción, y a condición de que el sujeto ejerza la función de pensar y reflexionar con objetividad, sensatez y equilibrio, el elogio se convierte en un verdadero estímulo para el desarrollo del talento y de motivación para el esfuerzo.  

Dr. Augusto Barcaglioni

Autor: Dr. Augusto Barcaglioni 207 Articles
Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA).