Los problemas no existen; existen hechos

Las consecuencias de disfrazar las causas de los problemas

La experiencia diaria nos enfrenta a innumerables situaciones incómodas, frustrantes y adversas que, según su gravedad, tienden a alterar y a complicar la vida cotidiana, sacándonos del esquema rutinario habitual. Es así cómo, ante un fenómeno grave e inesperado, tendemos a buscar el pronto restablecimiento de la situación para retomar la rutina conocida.

A partir de ese momento, se cree que el problema se solucionó y dejamos de preocuparnos. En otros casos, la costumbre y nuestra capacidad de adaptación nos llevan a experimentar la sensación de que todo volvió a la normalidad, sin reparar en otra cosa más que en la comodidad del presente.

En general, la gran mayoría de los seres humanos reacciona de esta manera y esta reacción configura, como veremos, un problema mayor. En primer lugar, el fenómeno inesperado que nos complica la vida no se hizo visible en el presente por cuestiones mágicas que responden a poderes sobrenaturales. Por el contrario, el hecho de desconocer su origen, no niega la existencia del encadenamiento de causas, factores o condiciones reales y concretas que generaron el evento adverso.

Precisamente, la fantasía ante los problemas proviene de la negación de su causalidad, sumado al hecho (que sí es un problema real) de que la tendencia de la mente no es a solucionar los problemas sino a cambiarlos. Cambiando los problemas, se cae en el pensamiento mágico de que el problema preexistente se solucionó. En realidad no es así; simplemente el problema dejó de estar presente, sea por un momento o por un lapso prolongado, en la pantalla mental de quien creía padecerlo. Y es así como alimentamos la fantasía de que el episodio adverso no se repetirá.

Además, y contra lo que habitualmente imaginamos, tales fantasías terminan por generar un verdadero despilfarro de recursos en soluciones aparentes. Esto nos lleva al fondo de la cuestión, relacionada con los modelos mentales con que, tanto la mayoría de los educadores en el plano familiar y escolar, como gran parte de los líderes y administradores en el campo laboral y social-comunitario, interpretan y explican los hechos graves y las consecuencias adversas.

Tales explicaciones no siempre escaparon al predominio del paradigma conductista, que apeló a la superficialidad de los modelos sintomáticos para explicar, con la misma lógica, desde un simple resfrío hasta la inmoralidad de la conducta humana. Desde nuestra hipótesis pedagógica, diríamos que los problemas no existen; existen hechos con los que no estamos de acuerdo, ya sea porque resultan adversos o porque interfieren en lo que teníamos previsto o proyectado. Eso que se llama problema, en realidad es el emergente visible de un encadenamiento causal que le dio origen y que no siempre es observable.

Es lo que ocurre ante el padecimiento de una enfermedad que se gestó en el tiempo. En este caso, la enfermedad como problema ya existía en su estado latente; el descuido y la dejadez formaron parte del proceso subrepticio que termina en el último eslabón que emerge en el presente como un obstáculo e impedimento visible. Esto explica por qué, en caso de no existir fuertes padecimientos, la mayoría suele recurrir al médico y buscar soluciones tardías en la fase final del proceso.

Decir que dicho problema empezó a existir a partir del obstáculo actual, responde a una visión lineal y mágica de la enfermedad en cuestión. Pues el impedimento del presente es un simple hecho, un efecto de aquella sucesión causal desatendida en el pasado próximo o remoto. Por eso, una educación que enseñe a pensar ayudaría a cambiar el modelo mental sintomático y a detectar el pensamiento mágico que conduce al despilfarro de recursos invertidos en soluciones aparentes propensas, metafóricamente hablando, a utilizar analgésicos y placebos que terminan por evadir las causas reales.

Una mente lúcida no considera resuelta la adversidad observando y neutralizando solamente los efectos visibles. Ello sería una ingenuidad impregnada de ilusiones. La lucidez mental conduce al observador al dominio cognitivo y a la comprensión de ese encadenamiento causal como condición insoslayable para aplicar de manera eficaz una solución que podrá sostenerse en el tiempo.

El uso debido de la inteligencia, en tales casos, exige la aplicación sistémica de un proceso pedagógico que asegure la formación de habilidades y competencias cognitivas para aprender a superar los modelos mentales del fracaso y la frustración. Ello permitiría, como consecuencia inmediata, disciplinar la observación de los hechos y evitar el ejercicio del pensamiento mágico ante las situaciones y fenómenos adversos.

Dr. Augusto Barcaglioni

Autor: Dr. Augusto Barcaglioni 225 Articles
Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar