El origen de la tristeza infantil y del temor a decidir por sí mismo

Una hipótesis pedagógica sobre la sumisión y la pasividad mental

Es un hecho empíricamente comprobado que tanto la tristeza infantil como el temor a decidir por sí mismo reconocen un origen pedagógico común, que consiste en la ausencia de estímulos y en la imposición, tanto en el hogar como en el ambiente escolar, de imágenes mentales tendientes a la propia descalificación y desvalorización.

De esta manera, la autoestima menoscabada afectará la confianza en sí mismo para aprender y ser aceptado y aprobado por quienes en el futuro han de rodear al sujeto. Es muy difícil que un niño y adolescente sean felices si se perciben como incapaces para aprender y sienten la carencia de recursos cognitivos y psico-emocionales para mantener un nivel de confianza frente al entorno que los rodea.

En la historia cognitiva y psico-emocional de cualquier individuo, tal falencia y disfuncionalidad formativa terminarán generándole una lamentable incapacidad para percibir las propias aptitudes y las cualidades que configuran la valoración de sí mismo.

Cuando los padres y los docentes no logran percibir en los niños y adolescentes la necesidad de conocimientos relacionados con las experiencias de sus vidas, jamás podrán responder a los interrogantes de manera satisfactoria y nutriente en cada detalle de su proceso de crecimiento. El descuido en este punto, deja la inteligencia infantil en estado de sumisión, en una etapa donde la búsqueda y la avidez de nuevas comprensiones abren la sensibilidad a la alegría.

Lamentablemente, muchos educadores, tanto en su función de padres como de docentes, imponen un estado de sumisión y acatamiento donde el opacamiento dista de la lucidez y la alegría de la comprensión. Y es aquí donde, en esta comprensión no satisfecha, proviene el germen de la tristeza infantil y del temor a decidir por sí mismo.      

Tal estado se intensifica negativamente por una forma de violencia mental que, cometida de manera sutil e imperceptible, no es registrada ni advertida por quien la sufre. Por eso, la consideramos en nuestros trabajos como una suerte de violencia “blanca”.

A diferencia de la violencia física, que tiene como punto receptor cualquier parte visible del cuerpo, la violencia “blanca” se ejerce sobre la mente y la sensibilidad de la víctima. Este maltrato, al tener como destinatario el mundo interno y silencioso de quien lo padece sin animarse a expresar palabra alguna, es el caldo de cultivo de la tristeza infantil al condicionar, vulnerar y empañar la propia intimidad.

Así, y después de un largo tiempo, el niño que fue avergonzado y humillado reiteradamente por  adultos que lo desvalorizaron por una pregunta u ocurrencia que molestó, advierte en su adultez que teme hablar y preguntar en público. Si a ello se agrega el estigma de la humillación proveniente de la impaciencia y la rigidez de ciertos docentes, es probable que el afectado no encuentre motivación y estímulo para aprender y ser mejor. Y qué decir de las diversas formas en que los padres ejercen violencia cuando no escuchan, interrumpen o desvalorizan el relato de un niño que, a raíz de tales interferencias, en el futuro podría convertirse en verborrágico, apresurado o inseguro para hablar y expresarse.

En otro aspecto relacionado con esta problemática, observamos que es propio de la edad infantil y adolescente el ensayo lúdico e imaginario de posibles decisiones futuras. Pero tal prueba podría transformarse en temor para hablar y tomar decisiones cuando el adulto no tiene la flexibilidad mental para comprender. Al ser descalificado, ridiculizado o impedido de ensayar decisiones dentro del ámbito específico del juego y de los vínculos, en una etapa ávida de asegurar una posición constructiva ante la vida, tanto el niño como el adolescente tendrán asegurado en el futuro un lugar prominente en el mundo de los indecisos y pusilánimes. 

En consecuencia, el proceso formativo de los niños y adolescentes debe promover de manera constante e interrumpida nuevos estímulos a fin de que exista en ellos una motivación intrínseca para superarse y comprender el mundo que los rodea de manera autónoma y sin menoscabar su proceso de aprendizaje.

Ello será posible mediante un trabajo docente orientado al fortalecimiento personal mediante imágenes mentales tendientes a brindar confianza en sí mismo. De esta manera, la autoestima y la propia valoración se convertirán en el fundamento pedagógico y emocional para convertir cada aprendizaje en un factor de crecimiento real. 

Dr. Augusto Barcaglioni

 

Autor: Dr. Augusto Barcaglioni 207 Articles
Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA).