El descuido y la sobreprotección debilitan al niño para afrontar las hostilidades y adversidades de la vida.
Soledad y tristeza: El enfoque trunco de la educación actual
La problemática de la educación en la actualidad ha omitido dos términos que reflejan la gravedad de un estado mental que afecta a todo niño desde temprana edad. Se trata de la soledad y la tristeza, dos términos amenazantes que atraviesan la cultura y calan muy profundo en la cotidianeidad infantil.
Ningún educador, tanto en su rol de padre como docente puede ignorar tales términos y encarar la problemática de la formación y educación del niño prescindiendo de los mismos. Sin embargo, se los ignora priorizando situaciones formales relacionadas con la problemática habitual de la escolaridad, con las condiciones óptimas de la programación de la enseñanza escolar o con el éxito o fracaso en los estudios. Es así como la formación de los niños adolece de un enfoque trunco y sesgado, sin atinar a plantear de qué manera viven los niños, si están aprendiendo a ser felices o, por el contrario, la soledad y la tristeza se han convertido en compañeros inseparables.
Cuando el descuido y la sobreprotección forman parte del repertorio habitual de la convivencia, los hijos quedan a expensas de sus propias debilidades y deficiencias para afrontar las hostilidades y adversidades de la vida.
El germen del temor: Sumisión mental y falta de recursos cognitivos
Carentes de defensas y de capacidades para valerse por sí mismos, se convierten en presas fáciles de una pobreza imperceptible que se va gestando en trayectos de dejadez, comodidad y disfrute en un contexto de facilismo que anestesia la capacidad para decidir cambios y crecer.
Muchos educadores, tanto en su función de padres como de docentes, imponen un estado de sumisión y acatamiento donde el opacamiento mental dista de la lucidez y la alegría de la comprensión. Y es aquí donde, en esta comprensión no satisfecha, proviene el germen de la tristeza infantil y del temor a decidir por sí mismo.
Es muy difícil que un niño y adolescente sean felices si se perciben como incapaces para aprender y sienten la carencia de recursos cognitivos y psico-emocionales para mantener un nivel de confianza frente al entorno que los rodea.
La paradoja de la sobreprotección: El “instrumento temible” de la comodidad
Un niño que sufre soledad y vive en un estado de tristeza, no está en condiciones de aprender y superarse y todos los esfuerzos que se hagan estarán destinados a un resultado desproporcionado e insuficiente. Por eso, consideramos de fundamental importancia plantear la formación y educación del niño preguntándonos acerca de su soledad y su tristeza. Devolver al niño la alegría perdida y devolverle la esperanza y confianza en sí mismo, constituye el paso inicial para emprender la obra formativa de todo ser humano.
Abordaremos esta hipótesis pedagógica desde el método etnográfico mencionando el trabajo artesanal realizado con padres y docentes en instituciones educativas y que nos ha permitido recabar información acerca de la soledad y la tristeza infantil y abordar las mismas desde sus causas más profundas y de los procesos cognitivos involucrados.
El cuadro de situación que refleja el universo infantil y adolescente en nuestros días, nos presenta situaciones que permiten caracterizar cómo viven hoy los padres y sus hijos en un entorno familiar que responde a las modalidades y pensamientos de una época que coloca a los individuos en parámetros oscilantes que diluyen la iniciativa y la estabilidad emocional.
Por otra parte, parecería que el desarrollo personal de los progenitores se encuentra en peligro, ya que la falta de motivación y de incentivo para superarse viene causada por el aburrimiento y el hastío de una vida automatizada y rutinaria que arroja la vida al abismo de los miedos y a las sombras de la amenaza incontenible.
El miedo a fracasar y a sufrir pérdidas irreparables es una construcción mental de los adultos que responde a los caprichos de una imaginación hostigada por la desesperanza y la decepción. Las imágenes de pérdida que amenazan el vivir cotidiano alimentan y mantienen viva la costumbre de sufrir por anticipado, potenciando aún más el insalubre miedo a cambiar que condiciona el rol de los padres.
La falta de confianza en sí mismo que proviene de los aprendizajes fallidos del pasado, constituye una amenaza central que debilita la vida familiar y la somete a estados de confusión frente al futuro. Este ambiente regido por la indiferencia y la manipulación, no logra el fortalecimiento necesario para neutralizar los condicionamientos y amenazas a las que los mismos progenitores se ven expuestos. Es así como la familia se debate entre la amenaza de convertirse en un entorno tóxico o consumir recetas ilusorias para satisfacer la fantasía de lograr de manera mágica y rápida un clima abierto y espontáneo de disfrute.
Ante ese estado de angustias amenazantes, constituye una prioridad de primer orden ayudar a los hijos a tomar las riendas de su vida y motivarlos para salir de la dejadez y del placer de no hacer nada. Para ello, es necesario generar un proceso formativo tendiente a reforzar y fortalecer la identidad personal y la confianza en sí mismo.
La tristeza infantil tiene su origen en el modelo mental de los padres
Padecer soledad y tristeza constituye un estado de parálisis que por su carácter insoportable, impulsa a la búsqueda denodada de sustitutos que permitan aliviar y atenuar el sufrimiento. En tal caso, se trabajaría al nivel de los efectos sin indagar la causa de dónde provienen.
La tendencia habitual del ser humano, y debido a la insuficiencia de conocimientos, es buscar alivio a los sufrimientos que se padecen. Si bien ello es una tendencia casi natural en todos los seres humanos, se hace necesario buscar las causas de la soledad y la tristeza. Si tenemos en cuenta lo que desea un padre para sus hijos, generalmente dicho deseo gira alrededor del éxito según los parámetros establecidos por una cultura excesivamente consumista y que vuelca en la posesión de bienes, tangibles o simbólicos, la idea central de la felicidad. Así, la aspiración de muchos padres tiene como referencia metas tales como:
- Tener suficientes o abundantes recursos materiales.
- Lograr el éxito y la aprobación social a través del dinero.
- Tener prestigio y/o títulos académicos.
- Ser un profesional exitoso.
- Tener un grupo familiar estable.
- Formar una pareja.
Tales aspiraciones por parte de los padres y educadores son absoluta y plenamente legítimas y valederas. Ningún padre con sentido común dejaría de imaginar y anhelar tales cosas o bienes para sus hijos. De allí que muchas insatisfacciones de los padres provienen del no cumplimiento de esas metas cuando sus hijos optan y deciden otro camino. Más aún, muchos padres pretenden tener de antemano el éxito asegurado de sus hijos y lo hacen por una vía imaginaria, al proyectar la imagen de lo que ellos entienden como garantía del mejor camino.
Cuando los padres impiden la identidad de sus hijos
Niños tristes y solitarios acompañados de un instrumento insalubre
Hay niños que, ya desde el nacimiento y gozando aún de buena salud en el plano físico y neuronal, empiezan a gestar una parálisis mental y psico-emocional que probablemente adormecerá sus iniciativas y postrará sus anhelos de superación. Se trata de niños a los que sus propios padres les proveen la comodidad de un temible instrumento.
Ese temible instrumento con connotaciones a veces inadvertidas, se comporta como la “silla de ruedas” que todo padre jamás imagina para sus hijos, empieza a gestarse inevitablemente en el plano mental y psico-emocional:
- Niños que vivieron tramos del camino fácil bajo la seducción narcótica de la comodidad y la dejadez.
- Niños que no conocen el placer de los buenos resultados que otorga el esfuerzo y la disciplina.
- Niños consentidos por ocurrencias que albergan las futuras conductas provenientes gestadas en el placer de no hacer nada y de la dejadez entronizada en permanente hábito.
- Niños que ignoran y carecen del sentido de la espera y de la paciencia para lograr cualquier meta.
- Niños admirados por mostrar una adaptación y dominio tecnológico con el riesgo de postrarlos en la fantasía de la simultaneidad para nunca esperar.
- Niños indefensos por carecer del dominio de sí mismos y de la fortaleza de voluntad.
- Niños debilitados por no resistir la vida que exige esfuerzo.
Es así como tales niños no se pueden sostener a si mismos y demandan ayudas crecientes que, por no merecerlas, jamás podrán valorar.
Estas reflexiones en realidad van dirigidas a los padres de dichos niños, con el propósito de que fortalezcan y consoliden el sentido formativo inherente a su condición. De esta manera, podrán sacarlos de la parálisis e inmovilidad mental y de todas las estructuras de pensamiento que han condicionado la pasividad de la inercia y la ausencia de iniciativa en sus propias vidas.
Por qué no somos felices
Una de las razones de nuestra insatisfacción en la actualidad, proviene del hecho de que consideramos que no somos felices porque no somos aquel que quisiéramos ser o aquel que quiso ser y no pudo por imposición externa o propia dejadez. Esto conlleva un estado de ánimo en el que, tanto lo que hacemos como nuestra vida misma, no nos satisfacen ni dan la anhelada alegría cotidiana.
Por eso, nos sentimos compulsivamente volcados a lograr metas que alguna vez estuvieron en nuestro imaginario personal y que simbolizaron el logro de la felicidad. Y es muy posible que en base a ese imaginario construyéramos el edificio de nuestra realidad personal.
Es en la ficción de las posesiones donde está girando la imagen de lo que debemos ser y de lo que deberíamos evitar y a ello apunta la educación familiar y escolar, donde ya desde edad temprana dicha imagen se constituye como un mandato que quedará incrustado en la conciencia individual y colectiva, al punto de que nadie cuestionará lo que eligió si no es por razones prácticas de conveniencia, pero nunca por razones de identidad personal o de estar, simplemente, bien consigo mismo.
A ello cabría mencionar un listado de estilos de vida o características que los padres no desean para sus hijos:
- Que no sean ni vivan de la manera que la sociedad rechaza.
- Que no tengan la contextura física que la sociedad considera inadecuada.
- Que no sean enfermos ni deformes.
- Que no sean pobres.
- Que no tengan los rasgos y características consideradas adversas o disfuncionales por el sistema vigente.
La no posesión o ausencia de estos rasgos o características permitiría y garantizaría completar y concretar la imagen de una vida supuestamente ideal y feliz. De allí que a ese listado legítimo y válido le falta lo más importante y que constituye el cimiento del futuro edificio personal y de una vida feliz. Lamentablemente, casi ningún padre hace abstracción y deja al margen, aunque sea por un momento, tales metas para preguntarse más en profundidad el sentido y envergadura de lo que anhela para sus hijos. Encerrados en lo que deberían lograr, olvidan el cómo y el para qué lograrlo, sin imaginar si son autónomos para decidir el sentido de sus propios proyectos.
De allí que es poco frecuente que un padre tenga como anhelo principal que su hijo aprenda a decidir por sí mismo, que sepa cómo ser feliz y pleno en su vida y si será capaz de lograr las capacidades que le permitirán ser aquello que quisiera ser sin interferencia alguna. Más aún, si dicho anhelo tendría vigencia, seguramente sería tildado de idealista, utópico o poco práctico.
La mayor satisfacción personal para un padre es tener la convicción de que su hijo no necesitará posesiones de ninguna índole para lograr ser querido o aceptado por los demás. Pero en una cultura de los efectos y resultados inmediatos, signada por el éxito y el confort, aún la conocida aspiración de “que sea una buena persona” tiene una connotación vulgar y poco atractiva.
La enfermedad del vacío y la insatisfacción crónica
A este punto, y previa advertencia de nuestra insatisfacción acerca de lo que somos, de lo que hacemos y de lo que sentimos cotidianamente, quizás debamos confrontar con nosotros mismos para empezar a cuestionar nuestra actitud respecto de aquello que, si bien nos otorga algunas satisfacciones esporádicas, no nos termina de llenar del todo. Esto explica la enfermedad del vacío desde su origen y perpetúa un estado de insatisfacción y descontento crónico que termina en la envidia, en la comparación con los demás, en la competencia, en la ambición, en la avidez desmedida y en el incremento de una vanidad que a toda costa intenta brindar la imagen de lo que no somos.
Proceso de des-aprendizaje y re-aprendizaje para un cambio mental autodirigido
Para incentivar la vida personal con nuevos estímulos, los padres deben tomar la iniciativa de su propio mejoramiento mediante un cambio mental autodirigido que permita recorrer con entusiasmo el camino que han de transitar.
Este proceso de des-aprendizaje y re-aprendizaje es un camino que cada uno debe recorrer desde su propia convicción, sin caer en la tentación de hacer intervenir fórmulas mágicas que alejan la posibilidad de acceder a un estado de resiliencia y confianza en sí mismo.
La fortaleza ante el conflicto y el temple frente a la amenaza constituyen una prescripción creativa para superar la sensación imaginaria de pérdida y fracaso. Pero la aceptación de los conflictos para transformarlos en fuerzas constructivas y en oportunidades de re-encuentro debe comenzar con la propia superación.
Este proceso de autosuperación permitirá comprender el conflicto con los hijos desde una perspectiva promisoria y alentadora, al tiempo de afianzar objetivos compartidos y bajar los niveles de ansiedad que tal situación trae aparejados por falta de una mayor confianza en las propias capacidades.
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