¿Estás viviendo o administrando tu existencia?

Vivir no es lo mismo que estar vivo

Hay personas que llevan años pensando en lo que van a hacer cuando llegue el momento. El momento nunca llega. O llega y ya pasó sin que lo notaran.

La visión de la vida se achica, reduce y desaparece cuando se la adscribe a la vida biológica, la cual no guarda simetría con la vida humana. En el caso de la vida humana, tenemos como ejemplo que durante las prácticas relacionadas con diversas técnicas tendientes a encontrar calma y serenidad, como el yoga, la meditación o los ejercicios respiratorios, la vida se percibe biológicamente desde la respiración. La vida, en este sentido, se podría graficar como una entrada y salida de oxígeno.

Esta es una verdad irrefutable y evidente, al punto de que quien deja de respirar muere y deja de tener vida. Las prácticas aludidas permiten tomar conciencia de esta verdad, a pesar de que la generalidad de los individuos se limita a respirar sin detenerse en el hecho biológico en sí mismo. En tales prácticas se advierte que las mismas reducen la vida a lo biológico y ello resulta insuficiente.

Enfoque inductivo de la respiración

Esta visión inductiva de la respiración permite comprender y sentir que si nos quedamos en ese estadio la vida no logra acceder a un estadio superior referido a la vida cognitiva y a la vida consciente. Los que limitan su vida a lo confortable del proceso respiratorio con la práctica habitual de tales ejercicios, reducen su vida achicándola en la respiración aún cuando sea considerada y convertida en un ejercicio saludable.

Elevarnos sobre la respiración es superar ese plano biológico de la vida y es así como se observa que la entrada y salida de oxígeno queda subsumida por la creación de pensamientos y la práctica consciente de una vida superior.

En el vivir consciente, la sensibilidad se pronuncia siempre por un plano evolutivo superior que le otorga a la vida misma su verdadero sentido.

La vida como devenir y cambio consciente

Vivir es estar preparado para fluir cognitiva y emocionalmente de manera activa y consciente en el torrente del devenir. El secreto de este fluir está en no caer en el reduccionismo que limita con exigencias la riqueza y abundancia del mismo devenir.

Quienes hacen de la ambición una práctica consuetudinaria exigen para sí mismos las diversas cosas a la vida, olvidando que ella misma, en su abundancia, dará todo. Pero para eso debemos dejar de exigir el cumplimiento de objetivos estrechos de posesión personal y, a cambio, abrirnos con gratitud a objetivos expansivos de bien. De allí que vivir en plenitud no es estar esperando algo que nos debe brindar la vida.

Vivir es fluir en el devenir de la vida, sin sobre-exigencias especulativas ni pasividad de pensamiento. Vivir en plenitud es fluir y cambiar en el torrente dinámico de la misma vida sin generar expectativas ni caer en la nostalgia del pasado que fue.

Un ejemplo claro de esto es el perfeccionista, que pospone cada decisión hasta encontrar el momento ideal que nunca llega. O de quien vive rumiando lo que debería haber hecho distinto hace diez años, sin advertir que ese rumiar mismo le impide actuar hoy. En ambos casos, la vida real transcurre, mientras la mente está ocupada en otra cosa.

La acción consciente tiene que ver con el devenir y el cambio bajo la impronta de nuestra capacidad cognitivo-emocional. Esto explica por qué el movimiento de la vida queda interferido cuando la inteligencia está dominada y paralizada en imágenes y pensamientos estáticos y en el funcionamiento deficiente de las facultades intelectivas.

El no saber pensar genera la pasividad de la mente y detiene el dinamismo de la vida a través de una parcelación y fragmentación que inmoviliza su fluir obteniendo una imagen sin movimiento. Esa imagen o foto se interpone entre la vida y el sujeto.

Interposición entre la inteligencia del observador y la realidad observada

Con frecuencia se observa que con solo imaginar una catástrofe, un siniestro u otro acontecimiento que pone en peligro la estabilidad del planeta o de una región, la reacción inmediata de las víctimas potenciales y espectadores obligados consiste en construir una imagen que, desde el punto de vista cognitivo, cumple la función de personalizar y conferirle rasgos humanos y de dominio total sobre dichos episodios.

Para ello, y siempre desde lo fantasioso, no pocos individuos construyen una imagen explicativa que les sirve de resguardo. Esto los lleva a la apelación de un ser superior bajo la forma omnipotente de un Dios a quien se le atribuye el poder y la voluntad para el advenimiento de dichos acontecimientos (incluyendo la gama de contagios y enfermedades, los daños comunes, las muertes e incluso las hambrunas).

Esta construcción cognitiva se gesta en un automatismo mental proveniente de un pensamiento mágico heredado por ciertas culturas proclives a la superstición y a creencias que llevan a sentir que tales sucesos han ocurrido en virtud de un plan o voluntad superior, pero nunca a que el sujeto sienta que es parte causal de tales acontecimientos.

Sentirse parte causal de dichos hechos implicaría quedar formando parte activa y consciente de una situación incomprensible que aparece como un misterio compatible con la creencia de una voluntad superior que permitió que ocurrieran tales acontecimientos. Muchos individuos que muestran o elaboran comprensiones rápidas, fáciles y vulgares atribuyen a ciertos seres y entidades poderes que la superstición instaló en el imaginario colectivo.

Esto explica la proclividad de utilizar objetos y situaciones supersticiosas como el uso de una cinta de color rojo para alejar la envidia, como el atribuir mala suerte al encuentro con un gato negro, como los temores de que ocurran situaciones negativas o adversas por tener la costumbre de abrir el paraguas en el interior del living. Estas creencias sin fundamento empírico son los múltiples ejemplos que se presentan en la vida cotidiana para encubrir, alejar temores y buscar la adhesión a verdades que no son tales.

Como se podrá observar, estas interposiciones provienen de una deformación de la percepción de la realidad, al punto de que la inteligencia del observador, por un uso deficiente, se interpone con la realidad observada mediante imágenes automatizadas, fijas y ya construidas en un pasado próximo o remoto. En ese sentido, y para evitar el exceso imaginativo, es necesario no pretender forzar interpretaciones erróneas ni sobrepasar las mismas, ya que ello implicaría perpetuar un estado de ignorancia que encubre verdades aparentes.

Esto nos abre el camino para comprender el mecanismo cognitivo de la interposición entre la inteligencia del observador y la realidad del devenir que observa. Para ello, nos basaremos en el proceso de ontologización del devenir y del movimiento de la realidad.

Proceso de ontologización del devenir de la realidad

La ontologización es el proceso cognitivo de convertir, siempre cognitivamente, un concepto, fenómeno o construcción teórica en una entidad concebida como si tuviera una existencia real, independiente y objetiva. Consiste en tratar algo abstracto (una idea o categoría mental) como si tuviera un ser físico y verdadero en la realidad. Es decir, no crea una realidad física sino la referencia mental a la misma.

Dicho de otro modo: la mente toma una abstracción (como el futuro, el pasado, la justicia, el tiempo) y la convierte en algo tan concreto y presente que termina actuando sobre ella como si fuera real. El problema no es pensar en el futuro o el pasado. El problema es vivirlos como si fueran el presente.

En el campo de la filosofía y de las ciencias sociales, se asume que un constructo del lenguaje o de la mente representa una realidad fundamental del universo. Un ejemplo clásico es el platonismo, que ontologiza los conceptos universales del tiempo, la justicia o la belleza, dándoles una existencia lógica autónoma.

Respecto del tiempo, la ontologización del futuro se genera bajo un concepto estático de la espera vinculada a la concreción de un objetivo que nos mantiene con expectativas. Es una maniobra especulativa de la mente que anula la intensidad sensible del devenir y del instante.

Por su parte, la ontologización del pasado apela a la visión estática del “podría haber sido”, como un automatismo que se impone imaginariamente e impide vivir el cambio y el devenir. En tal sentido, este proceso somete a la inteligencia a la linealidad y chatura de imágenes mentales rutinarias que parecerían buscar revertir lo que pudo ser y no fue.

Tanto la ontologización del futuro por vía de ansiedad y pretensión como la ontologización del pasado por vía imaginaria del “podría haber sido”, anulan la conciencia del devenir y toda acción consciente y autónoma. La autonomía y la conciencia bajo forma de auto-conciencia configuran la vida en la plenitud de un devenir cada vez más consciente e intenso. Este proceso constituye la única vía cognitiva cuya naturaleza expansiva permite superar la estrechez reduccionista del concepto sobre la vida.

Cómo evitar la parálisis imaginaria del devenir

Entre la inacción y pasividad de la inteligencia y la ilusión desplegada en las anchuras del tiempo, se inserta la acción consciente en el campo del devenir. Podríamos afirmar que, a raíz de dichas deficiencias cognitivas, la búsqueda perfeccionista de opciones nuevas constituye un auto-engaño imaginario para no actuar. Dado que jamás la vida ofrece caminos perfectos y precisos, no obstante ofrece, de manera permanente e ininterrumpida, caminos imperfectos que habrá que ir ajustando e innovando a medida que el devenir fluye.

De allí que la queja, el descontento y la insatisfacción impiden que la conciencia se manifieste desde el propio potencial para generar un juego compatible con el devenir de la vida en el universo y en la indeterminación de una multiplicidad de casos posibles.

Por lo tanto, la acción consciente y el aprendizaje por vía de ensayo y error constituyen las bases para concebir la vida como un devenir expansivo alejado de la anarquía, la inercia y el determinismo mecanicista. De esta manera, la vida se inserta en un proceso dinámico sin quedar afuera de la realidad ni ser sustituida por la búsqueda reduccionista de decisiones, satisfacciones y entretenimientos frente a la avidez consumista de las propias necesidades y deseos.

El consumismo arrebató al ser humano el concepto de que la vida no es el principal trabajo que debemos tener. Por tal razón, inculcó desde la infancia, junto a la impostura religiosa, una serie de exigencias domésticas para tapar y ocultar el contenido de la vida. Para ello, impuso una obligatoriedad desmedida que preparó el desplazamiento del propio eje de la existencia y recubrió con el éxito de las posesiones materiales y del prestigio, olvidando al ser interno y a la vida en sí.

Esta última observación merece desarrollo aparte, porque la tensión entre consumismo y vida consciente no es un tema lateral en este ensayo sino que es su consecuencia práctica más inmediata. Cuando la vida se reduce a la acumulación de posesiones, logros y reconocimientos, el devenir deja de ser un proceso abierto y se convierte en una lista de objetivos a tachar. La pregunta que queda, entonces, es si uno está viviendo o simplemente administrando su existencia.

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