Actuar y comprender para no sufrir

Dr. Boris Cyrulnik

Los Patitos Feos. La Resiliencia: Una infancia infeliz no determina la vida

Comprender sin actuar nos hace vulnerables, pero actuar sin comprender nos convierte en delincuentes

Cuando una prueba carece de sentido nos volvemos incoherentes, puesto que, al no ver con claridad el mundo en el que vivimos, no podemos adaptar a él nuestras conductas. Es necesario pensar un desastre para conseguir darle algún sentido, y es igualmente necesario pasar a la acción afrontándolo, huyendo de él o metamorfoseándolo.

Hay que comprender y actuar para desencadenar un proceso de resiliencia. Cuando falta alguno de estos dos factores, la resiliencia no se teje y el trastorno se instala. Comprender sin actuar da pie a la angustia. Y actuar sin comprender produce delincuentes.

Durante las guerras, los que ven el drama sin actuar, los que observan pasivamente, forman el grupo de los que presentan el más elevado número de síndromes postraumáticos (…) Según cómo sean las guerras, el número de casos de estrés traumático varía enormemente. La variabilidad de estos trastornos depende del contexto, que en unos casos concede a algunos soldados una posibilidad de resiliencia, mientras que en otros los hace vulnerables.

Actuar sin comprender tampoco permite la resiliencia. Cuando la familia se derrumba y el entorno social no tiene nada que proponer, el niño se adapta a ese medio sin sentido mendigando, robando, y a veces prostituyéndose. Los factores de adaptación no son factores de resiliencia, ya que permiten una supervivencia inmediata pero frenan el desarrollo y con frecuencia generan una cascada de pruebas. En un medio sin leyes ni rituales, un niño que no fuera delincuente tendría una esperanza de vida muy breve. El hecho de poner su talento, su vitalidad y su desenvoltura al servicio de la delincuencia, prueba que está sano en un medio enfermo.

Cuando la sociedad está loca, el niño sólo desarrolla una estima de sí mismo teniendo éxito en sus correrías y riéndose de las agresiones que inflige a los torpes adultos. Cuando el mundo se cae en pedazos y desaparece la familia, la aprobación paterna ya no sirve al niño como modelo de desarrollo (…) Ahora bien, los «primeros pasos de la estima de uno mismo se dan siempre bajo la mirada del otro». Cuando, por causa de un hundimiento social, las relaciones se reducen a la fuerza, el niño se siente seguro desde el momento en que ha conseguido robar o ridiculizar a un adulto. Ésta es su manera de adaptarse a una sociedad enloquecida, pero esto no es un factor de resiliencia, ya que no le permite ni comprender ni actuar: no tiene sentido, es sólo una victoria miserable en lo inmediato (…)

Con la perspectiva que dan cincuenta años, hoy sabemos que la mayoría de esos fieros delincuentes, camorristas, ladrones y vándalos evolucionaron en la dirección de una buena adaptación social, a veces incluso sorprendente. Algunos llegaron a ser sastres o comerciantes. Muchos alcanzaron su pleno desarrollo en los medios intelectuales, como novelistas o como profesores de universidad. Hubo un número importante de creadores, de gentes de teatro o de cine, hubo hasta un premio Nobel de literatura, pues «la experiencia traumática puede exacerbar la creatividad».  Si este pelotón de doscientos niños hubiera permanecido en una cultura derruida, o en una institución que no hubiese sabido sino establecer relaciones de fuerza, es probable que un gran número de ellos hubiese hecho carrera como delincuente (…)

Algunos habían aprendido demasiado bien el mecanismo de defensa que pasaba por la delincuencia como para dejarse seducir por el placer de la integración. Los que cayeron en esta inercia no fueron los niños que habían sufrido las peores agresiones sino más bien los que habían adquirido con anterioridad un vínculo afectivo inseguro, de evitación o ambivalente. Al producirse la agresión social, como habían adquirido una cierta capacidad para reaccionar mediante conductas autocentradas, se defendieron pasando impulsivamente a la acción en lugar de iniciar conquistas exploratorias.

Por otra parte, esos niños experimentaban un sentimiento de orgullo cuando se oponían a una institución que no obstante se había comportado generosamente con ellos. Interpretaban los esfuerzos de los atentos monitores como una tentativa de reclutamiento, y sólo experimentaban alegría en el momento de sus fugas, de sus raterías o de sus trifulcas. Los demás niños les juzgaban mal, lo que les marginaba aún más.

No estoy tratando de afirmar que un vínculo afectivo inseguro conduzca a la delincuencia, pero sí estoy sugiriendo la idea de que el aprendizaje de un vínculo afectivo de tipo protector habría hecho más fácil la reanudación del tejido de la resiliencia tras el desgarro producido por la agresión. Como a menudo sucede, lo contrario no es cierto. Algunos niños maltratados en el transcurso de sus primeros meses de vida responden a estas inmensas agresiones cotidianas de gritos, de golpes, de quemaduras y de intensos zarandeos, con un embrutecimiento, con un repliegue sobre sí mismos que les protege deteniendo su desarrollo. Al hacer que los demás se olviden de ellos, reciben menos agresiones. Este tipo de vínculo embrutecido, que les sirve parcialmente de amparo, les de-socializa mucho, puesto que aprenden a relacionarse mal con los demás. Más tarde, la escuela no tendrá ningún sentido para ellos y llegará incluso a parecerles irrisoria.

 

Actuar y comprender para no sufrir. Comprender sin actuar nos hace vulnerables, pero actuar sin comprender nos convierte en delincuentes

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar