Ultraje al talento y deslealtad a la propia vocación

Una ética del talento para enriquecer la vocación personal

La acepción general del término talento se relaciona con la capacidad para el desempeño y ejercicio de una determinada ocupación. En tal sentido, encierra las ideas de potencial, aptitud y eficiencia mediante las cuales un individuo podrá realizar una tarea física o intelectual con precisión.

El talento, expresado en el plano de las actividades físicas e intelectuales, se comporta como una fuerza cuya vitalidad y frescura le permite al sujeto encontrar el ámbito interno para el despliegue de su vocación en cualquier aspecto de su vida personal. De allí que cuando hablamos de talento, no lo hacemos en el sentido de la capacidad de un hacer vinculado con el campo práctico de la vida cotidiana, sino también con la capacidad para pensar y obrar de manera libre y consciente. Por eso, nuestra consideración hacia el talento para vivir, para pensar, para decidir y convivir.

Cuando hay talento, y quien lo posee aprendió a desplegarlo de manera honesta e inteligente, no solo se fortalece la confianza en sí mismo, sino que cobra un sentido altamente solidario en su proyección al bien de la comunidad. Pero cuando, inversamente, el talento se despliega como un medio para satisfacer la vanidad, la codicia y el lucimiento personal, se potencia de manera restrictiva, ya que reduce y opaca el potencial constructivo del mismo talento.

En el primer caso, el talento viene potenciado por la vocación en el ejercicio de la capacidad que se tiene, dado que se valora y desarrolla por el valor intrínseco de la tarea que el sujeto eligió. Todos estamos convencidos de que la vocación es una energía constructiva que se despliega cuando realizamos aquello en lo que nos sentimos capaces. De allí que esta fuerza interna nos conduce a la elección de lo que nos otorga confianza, alegría y placer.  

Aquí encontramos los componentes básicos de la vocación personal: sensación de poseer o de poder lograr una capacidad posible, placer en la ejecución, alegría y satisfacción por la actividad que se despliega. Este es el fundamento del ejercicio de una ética del talento orientada hacia el beneficio genuino de los demás.

En el segundo caso, en cambio, cuando el talento, aplicado en cualquier área de la vida humana, responde a una valoración desmedida de sí mismo, al prejuicio individualista y a la avidez del lucimiento personal, impulsa al sujeto a la ambición del pedestal y a buscar la valoración ajena.

Cuando ello ocurre, el talento personal pierde su fuerza constructiva y lo que se hace o realiza se desliza por la pendiente de la mediocridad y de la falta de responsabilidad y compromiso con el bien común. Es así como la vocación resulta ultrajada por el descuido, la dejadez y la comodidad, dado que se ve expuesta a las interferencias ajenas a la misma fuerza interna de la vocación que el sujeto no aprendió a superar.

Este ultraje lo encontramos en muchos casos en los que, por buscar ser el mejor y destacarse ante los demás como objetivo prioritario, el músico deja de disfrutar la música, el docente deja de disfrutar el mismo acto de enseñar, el artesano bloquea el placer de modelar la arcilla, el deportista pierde el placer de llevar a cabo un juego apacible, el médico transforma su saber y destreza en un instrumento competitivo, o el ingeniero y abogado dejan de construir o luchar para el bienestar social.

En tales casos, el pensamiento de vanidad que busca ser el mejor a toda costa (a diferencia de buscar estar con sencillez entre los mejores) desplegando una destreza y talento que, aún cuando en el mejor de los casos puedan hacer bien a los demás, sin embargo no permiten al propio sujeto acceder a un estado de plenitud y alegría por impedírselo su interés desmedido en buscar condiciones ligadas al esplendor superficial, al prestigio y lucimiento de la personalidad, a la aceptación social o a la frivolidad del éxito.

La paradoja de este ultraje a la propia vocación por los virus de la vanidad y de la ostentación personal, consiste en que termina por impedir a la propia sensibilidad el disfrute y el placer en la tarea de la que el sujeto es plenamente capaz. Esto explica cómo muchos individuos con talento no logran ser felices, pues distorsionan la vocación, al transformarla en un medio para la propia vanidad competitiva, perdiendo con ello la finalidad de una apacible alegría que confiere el uso fecundo, generoso y solidario de la capacidad que se tiene.

Pues permanentemente asociamos el ejercicio y práctica de un oficio, arte o profesión con el disfrute y gozo de una elección y con la firme decisión que alguien lleva a cabo a sabiendas de que se siente capaz para ejecutar las tareas exigidas por la actividad elegida. Por eso, el ejercicio de una actividad surgida a instancias de la propia vocación, no debería convivir con el descontento ni con un velado sentimiento de frustración del sujeto.

Sin embargo, la observación cotidiana desmiente tal conjetura cuando se advierten casos de descontento en los que, salvo las lógicas excepciones provenientes de instancias externas al sujeto (como la inequidad laboral o los conocidos problemas económicos), la insatisfacción y la decepción ante la actividad elegida, afectan seriamente el ejercicio de la misma por cuestiones subjetivas inherentes a los modelos mentales del sujeto. Es en este último aspecto que estamos enfocando el ultraje al talento y la deslealtad hacia la propia vocación.

Así, un músico que responde a su vocación encuentra en la ejecución del instrumento elegido un profundo placer y bienestar que, de la misma manera, experimentan quienes intervienen en las variadas actividades elegidas con fervor en el amplio campo de las posibilidades humanas. En tales casos, podríamos decir que, al mantener la coherencia con esa energía propia, se mantienen leales consigo mismos y hasta fortalecen y enriquecen su identidad personal.

Dr. Augusto Barcaglioni

 

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar