El amor propio de los luchadores y benefactores

El esfuerzo benefactor puede ser cómplice del lucimiento vanidoso y egoísta 

En sentido riguroso, toda lucha alude a la idea de movimiento activo y resulta ser un componente natural de la vida en general. Todo ser viviente, por el mismo hecho de serlo, debe adaptarse a nuevas condiciones, debe aprender, debe buscar el alimento para saciar sus necesidades, debe enfrentar hostilidades y amenazas. Estos procesos responden a parámetros de regulación que permiten al ser viviente mantener cierta estabilidad, ya que están regidos de manera determinística por la necesidad que impone esfuerzo y movimiento activo.

En el caso de los seres humanos, en cambio, al determinismo de la lucha en el plano biológico, se incorporan planos y dimensiones no estrictamente biológicas. Es así como  el proceso de convivencia, los factores cognitivos-emocionales, el amor, las nuevas experiencias de aprendizaje, la toma de decisiones, el esfuerzo para resolver problemas y el ejercicio de la libertad, permiten que la lucha adopte otras características.

En la dinámica de los proyectos que todo ser humano encara, desde los más simples hasta los más complejos y sofisticados, el sujeto debe enfrentarse a situaciones que actúan a modo de resistencias y presiones psico-sociales ante las cuales deberá proceder a su remoción. Tal remoción de obstáculos es y determina un genuino campo de lucha.

En este sentido cognitivo y psico-emocional, podemos observar que el hombre lucha y se esfuerza en un campo de indeterminaciones que suele enfrentar desde dos actitudes posibles, cuya intimidad las aleja de la visión inmediata de cualquier observador:

  • En primer lugar, lucha con convicción e iniciativa para llevar adelante sus ideales y proyectos de superación personal, ante los cuales deberá enfrentar diferentes obstáculos que se interponen desde el exterior y superar los impedimentos para concretar sus aspiraciones.
  • En segundo lugar, lucha para enaltecer su amor propio y su vanidad, convirtiendo al lucimiento de su personalidad en el objetivo central y en la razón de ser de sus esfuerzos y de su lucha.

Por otra parte, todo emprendimiento, proyecto, comportamiento o conducta está atravesado por la intencionalidad del sujeto; ello es inevitable y es un componente de cualificación del nivel evolutivo y ético de cualquier hacedor. Esto le permite a Aristóteles afirmar que aquél que roba para cometer adulterio, es más adúltero que ladrón. Por tal motivo, en orden a la conducta humana y a las actitudes posibles del sujeto, es muy difícil advertir si el luchador lucha por un ideal honesto y generoso de superación en bien de su evolución personal y social o si lucha y despliega toda su fuerza para enaltecer de manera egoísta las apariencias y simulaciones de su personalidad.

Salvo indicios evidentes, sólo una observación sutil podría detectar el campo de  intencionalidad de quien se encuentra en lucha. Así, un benefactor de la humanidad puede albergar en su interior una intencionalidad de lucimiento y logro del prestigio, tal como podría darse en quienes, a través de lo que enseñan, escriben o emprenden, quizás el benefactor, el educador, el solidario, no sean tal como aparecen.

Nos consta por experiencia que la gran mayoría de los individuos muestra al exterior una manera de ser y de actuar que generalmente no coinciden ni guardan coherencia con lo que efectivamente son y sienten en su interior. Así, vemos que se proclama la necesidad de decir la verdad, de ser tolerantes, de ser justos y honestos, pero que en el fuero íntimo de la persona tales valores no tienen vigencia alguna ni poseen la vitalidad de la íntima convicción ni de la transparencia.

De allí que ser honesto por temor o conveniencia no es ser honesto, pues estaríamos en presencia de una actuación honesta cuya exterioridad e intencionalidad, per se, no garantizan honestidad, al punto extremo de convertir la acción ética en una actuación hipócrita y falaz. Y es aquí donde la intencionalidad de la acción se degrada moralmente y se hace cómplice del lucimiento vanidoso y aparente.

Al respecto, y desmitificando a los que aparecen como luchadores y héroes para construir un mundo mejor, podríamos afirmar que tanto el educador (padre o docente), como el escritor, médico, analista o político, serán luchadores confiables cuando, en lugar de buscar el lucimiento y satisfacer la vanidad personal sean asistidos, respectivamente, por la intención y el anhelo consciente de formar, de educar, de acercar a la reflexión, de ayudar a vivir, de suscitar conflictos constructivos y de elevar la calidad de la vida social.

Dr. Augusto Barcaglioni

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar