Los tramos disfuncionales que conducen a la violencia escolar

La decisiva mirada sutil del educador

Si leemos los relatos que se suceden después de un hecho de violencia escolar, se podrá observar que la mayoría de esos relatos se refiere a datos, estadísticas, descripciones, conjeturas alrededor de ciertas condiciones ambientales, crisis de la autoridad escolar o familiar, crisis de valores y muchas más. Pero muy pocos refieren la correlación entre la violencia como efecto y la mente vacía, obnubilada o descontrolada que actúa como causa principal de cualquier desborde. 

Por eso, lo primero que habrá que hacer es colocar a la educación y a la calidad de la acción docente en el centro de un proceso estratégico de cambio a fin de poder actuar de manera acertada y eficaz en los nuevos escenarios que se avecinan. No olvidemos que el tramo que va de la indiferencia (o aparente tranquilidad) a la violencia, está compuesto por tramos de aburrimiento, de rutina, de desgano, de desencanto y desesperanza.

La mirada sutil del educador es saber detectar esos tramos en la mente de los jóvenes y resolverlos con creatividad, esperanza y generosidad. Esto requiere que los educadores se capaciten para actuar con idoneidad y profesionalidad para enseñar de otro modo, evitar el facilismo y superar la rutina de los aprendizajes. Esta suerte de mala praxis pedagógica es generadora de abatimiento mental y de un deterioro del clima interno tanto en las escuelas como en el seno de las familias. 

Para enseñar de manera creativa y generar en los estudiantes el estímulo para aprender, la escuela debe superar el modelo centrado en contenidos estáticos y obsoletos. El contenido aparece ante el niño y el adolescente como una imposición antinatural porque el parámetro está dado en la memorización mecánica de formas conceptuales rígidas y sin sentido aplicativo.

En ausencia de un método que permita la aplicación de ese contenido y su verificación, el alumno se ve sometido a un proceso cognitivo regido por la captación lineal y fragmentada de datos e informaciones suministradas y adquiridas como imágenes inmovilizadas por faltas de vida y frescura. Esta es la forma más sutil de violencia, ya que el aburrimiento y la sensación de incapacidad se apoderan de la mente y la sensibilidad infantil y adolescente. 

En ausencia de estímulos y motivación, el proceso pedagógico así planteado promueve el desorden y la anarquía de la mente y con ello emerge el “aula parasitaria” como un lugar de desperdicio. Ese lugar desperdicia el talento, inmoviliza la mente desperdiciando su frescura, desperdicia tiempo enseñando cuestiones obsoletas sin aplicación a la vida, desperdicia la confianza en sí mismo creando inseguridad para aprender con autonomía, desperdicia la alegría al maltratar con imágenes estáticas la inteligencia en formación.

Tales formas de desperdicio impiden que los jóvenes puedan asumir su responsabilidad frente al presente y futuro. Anulado el horizonte que da sentido a la vida, se desperdicia la capacidad de respuesta y la violencia es el efecto inmediato, cuya irreversibilidad convierte cualquier medida, norma o legislación en extemporánea y ridícula.

De allí que se hace necesario dotar a los docentes de nuevas herramientas y métodos para actuar con eficacia frente a los nuevos escenarios. Ello se verá facilitado mediante la aplicación de un enfoque sistémico de la educación que haga posible salir del modelo sintomático de la violencia para encararla a partir de su origen y causalidad. Pero tal decisión requiere la modificación del modo rutinario de pensar que, paradójicamente, afecta a quienes deben ser verdaderos artesanos de la inteligencia en proceso de formación de niños, adolescentes y jóvenes.

Dr. Augusto Barcaglioni

 

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar