El estigma degradante de la envidia

Segunda parte 
 

Reversión del elogio y distorsión del esfuerzo como formas de violencia blanca 

En nuestra nota anterior mencionamos el estado de abatimiento que padece el envidioso por la falta de confianza en sí mismo, al quedar sumergido en las sombras del éxito ajeno. Ese estado degradante de la envidia se origina en procesos cognitivos que, por acción u omisión, por exceso o por defecto en la educación recibida en el pasado, generaron situaciones por las cuales, desde temprana edad, el niño advierte que lo que le gustaría poseer ya lo tiene otro y, en ausencia de un proceso reflexivo y de comprensión, fomenta un disgusto creciente ante la posesión ajena. Es lógico que este sentimiento se origine en quien, como el niño, todavía no ha logrado completar su formación con la toma de conciencia de sí mismo y de los demás. 

En este caso, la envidia proviene de la violencia blanca ejercida por padres, maestros o allegados cuando, por acción (el niño que convive con la envidia adulta o escucha críticas injustas en lugar del elogio ecuánime) o por omisión (ausencia de la justa valoración del esfuerzo del prójimo), el éxito, los bienes legítimos y los atributos ajenos se convierten en trofeos deseables. El envidioso soslayó el esfuerzo personal y sin haber adquirido todavía las capacidades necesarias para acceder por sí mismo a lo que busca, alimenta ansias de poseer de manera fácil y rápida lo que otros lograron con esfuerzo, dedicación, altruismo y sentido ético. 
 
Indagando en causas más profundas, aparecen dos actitudes y conductas que generalmente se presentan ante el éxito y el bienestar ajenos y que, a modo de matriz cognitiva, alimentan formas de violencia blanca. Esta violencia, aparentemente inocua y muy habitual, es asimilada por niños, adolescentes y adultos bajo dos modalidades: por un lado, la constante reversión del elogio y, por otro, la distorsión del valor y sentido del esfuerzo. Veamos ambos casos: 
 
Cuando en el seno familiar, escolar o social el elogio hacia un tercero no reúne las condiciones de objetividad y equilibrio, se produce la reversión de la alabanza, al entrar en juego las oscuras molestias y motivaciones provocadas por una envidia carente de justificación y sustento. Así, en lugar de suscitar el elogio ecuánime sobre el comportamiento acertado o el éxito obtenido por una persona, los envidiosos proliferan adjetivos detractores que discrepan con la ecuanimidad. De esta manera, generan la reversión del elogio, descalificando a quien tuvo perseverancia en realizar esfuerzos para la obtención de un objetivo legítimo. 
 
El contenido del elogio radica en los bienes, capacidades y éxitos logrados por alguien; estos bienes personales suscitan en los demás cierta admiración o beneplácito que el envidioso no soporta, dado que quisiera poseer sin esfuerzo y con rapidez los bienes y cualidades pertenecientes a otra persona. Posiblemente en un ambiente de envidiosos, el niño nunca haya escuchado elogios ecuánimes, sino el reverso del mismo mediante expresiones inexactas acerca del “dinero mal habido”, “el éxito por casualidad” o “la capacidad o bien logrado a costa de…” 
 
El elogio consiste en afirmar, en beneficio de una persona, la presencia de una cualidad, bien o atributo real. Ello implica ejercer la capacidad de observar con objetividad el valor per se de tales atributos, además de evitar incurrir en interpretaciones teñidas con un alto contenido subjetivo y de no hacer intervenir los intereses contrapuestos y el egoísmo entre allegados. 
A diferencia del elogio ecuánime, que surge de la percepción objetiva del valor intrínseco de las cualidades ajenas, y sin excluir el propio deseo y anhelo de obtenerlas, en el caso de la reversión de aquél la cualidad desaparece y no invita a su imitación. En tal caso, las críticas distorsionantes girarán alrededor de cuestiones accesorias y superficiales, sin aludir en modo alguno a las cualidades personales y al proceso realizado por quien tuvo constancia en el esfuerzo. De esta manera, el envidioso elude el compromiso consigo mismo para superarse. 
 
Con respecto a la distorsión del valor del esfuerzo realizado por otro, dicha deformación aparece cuando se impone la vida fácil como condición de éxito Por eso, el envidioso no registra ni valora el esfuerzo de quien cumplió objetivos de superación y mejora personal, pues vivió y sufrió el embate de la violencia blanca en ambientes que desnaturalizaron el esfuerzo de los demás. El esfuerzo forma parte necesaria del trayecto hacia el cumplimiento de un proyecto y la vía de acceso a lo que cualquier persona desearía poseer en su vida. El envidioso no sólo no realiza dicho esfuerzo, sino que aprendió a distorsionarlo con habilidad y destreza. 
 
Por tal razón, y desde nuestro enfoque cognitivo-pedagógico, no podemos soslayar que, entre las causas generadoras de envidia, se encuentra la falta de capacidades y habilidades, pues quien envidia lo hace porque no advierte en sí mismo su talento y su capacidad para acceder a los valores y bienes que su vida anhela. Dependiendo de los demás, su vida no genera proyectos ni capacidades nuevas que le permitan crecer y desarrollarse, retroalimentando así un círculo que lo asfixia y le quita energía para pensar, sentir y vivir de manera satisfactoria. 
 
Visto desde esta perspectiva pedagógica, se comprende que la envidia proviene de un déficit educacional y del descuido de un proceso formativo que no promovió los valores genuinos del desarrollo personal. Por eso, la educación familiar y escolar debe remover esos obstáculos que se albergan en una vida vacía de contenido y carente de estímulo y confianza. Para lo cual, deberá promover una formación sutil y cuidadosa a fin de generar y conducir tanto al niño como al adolescente a experimentar la confianza y la seguridad de su propio e intransferible talento y capacidad para crecer por sí mismo sin esperar el aval ajeno ni cotejar con los demás. 


Dr. Augusto Barcaglioni
 
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar