El sistema me convenció de que mis logros eran míos

Hay un momento en la vida de muchos en que dejan de hacer lo que les gustaba hacer.

No es una decisión consciente. Es una captura. El sistema (escolar, familiar, social) ofrece algo que pocos pueden rechazar: halagos, reconocimiento, la zanahoria del mejor alumno, del hijo ejemplar, del empleado del mes. Y uno se adapta, con orgullo y con la convicción genuina de estar eligiendo.

Durante años repetimos lo que el sistema nos enseñó y lo creemos propio.
Eso no ocurre sólo en la escuela. Continúa en la universidad, en el trabajo, en la familia, en las prácticas religiosas y en el sentido ético que se construye sobre todo eso. No logramos verlo porque no se puede ver, ya que cuando una actuación es suficientemente larga y consistente, deja de sentirse como actuación. Se siente como identidad.

Pero pasan años. A veces décadas.

Hasta que algo empieza a incomodarnos, como una sospecha que no cede. La sensación lenta e insistente de que lo que uno creía convicción propia fue, en gran parte, una simulación construida para sostener la aprobación del entorno.
Y es ahí, en esa incomodidad, donde aparece una distinción que ningún sistema enseña: la diferencia entre adaptarse y evolucionar. Adaptarse es responder a lo que el entorno premia. Evolucionar es moverse desde adentro, aunque nadie aplauda. Desde afuera pueden verse igual. Desde adentro no se parecen en nada.

El problema no es que el sistema premia. El problema es que sus premios son tan convincentes que terminan pareciendo vocación.
La pregunta que me surge (sin respuesta fácil) es cuánto de lo que uno llama convicción es realmente propio, y en qué medida fue construido para sostener una imagen que alguien, en algún momento, aplaudió.

Cognitio
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar

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