ES LA MENTE, ESTÚPIDO! II

Algunos casos imperceptibles de verdadera estupidez

 
Cuando se descuida la formación y educación de la mente, tanto en el plano familiar, escolar, profesional o laboral, los cimientos del pensamiento creativo desaparecen y en su lugar aparecen las diferentes formas en que se manifiesta la falta de lucidez mental. Por eso la correlación entre la estupidez y el uso debido de la inteligencia, tal como lo esbozamos en nuestra nota anterior. Allí establecimos que la falta de un método para ejercer la función de pensar conduce a un cierto inmovilismo de la inteligencia que, en tal situación, se somete a diversas formas de condicionamientos. En tal sentido, se observa que la lentitud y la falta de agilidad mental predisponen a la sumisión, a la pasividad y a la dependencia como condicionamientos inadvertidos por el propio sujeto. El conjunto de estos cinco condicionamientos nos da el perfil pedagógico de la estupidez. Veamos cómo funciona. 
 
Para poder convencer a alguien y llevarlo a un objetivo sin que intervenga su iniciativa, basta con ofrecerle imágenes catastróficas o seductoras que, si se las somete al rigor de la lógica, se cae en la cuenta de que tales imágenes cumplen funciones de amedrentamiento, ilusión y paralización de la función de decidir por sí mismo. Es así como se toman decisiones para sorprender a quienes confían de buena fe. Aquí, otra vez, aparece el funcionamiento defectuoso de la mente de quienes, temerosos en algunos casos, distraídos en otros o ilusos e ingenuos a veces, se convierten en aliados involuntarios y hasta en terreno propicio para que los promotores de los desaciertos intencionales procreen y reproduzcan nuevas víctimas.
 
Podemos mencionar infinidad de casos en los que la exacerbación de ciertas formas de inquietud social potencia las causas subjetivas de los ímpetus y arrebatos ligados a las preocupaciones del diario vivir. Ello no es otra cosa que la expresión de mentes debilitadas por un descontrol interno por no haber podido generar el tiempo necesario para reflexionar. Por eso, actúan bajo el reflejo superficial y transitorio del estímulo-respuesta, sin tiempo para ponderar las causas reales ni medir el alcance de las situaciones que se viven. Según el comentario cotidiano sería el caso de alguien que, al no ser dueño de sí mismo, vive una vida robotizada y sin capacidad de decisión autónoma y consciente.
 
En un nivel más delicado y hasta sofisticado, para convencer se apela a imágenes engañosas y al sofisma del énfasis como recurso de adhesión. Porque se sabe que la mente de quienes escuchan en ese momento se encuentra distraída para ejercer la capacidad de juicio crítico o de analizar propuestas y proyectos de envergadura. En tales condiciones, la mente, en su pasividad, abre las puertas para que se introduzcan los valores, las cosmovisiones y teorías impuestos por la moda, los prejuicios y slogans provenientes de una cultura que impele ser consumida y acatada de manera indiscriminada y sin conciencia.
 
Si quien trata de explicar un hecho o está interesado en convencer impacta y seduce al auditorio con el análisis meticuloso de aspectos secundarios y tangenciales que no hacen al fondo de la cuestión, el esquema mental de quienes escuchan pasiva y desprevenidamente puede conducirlos al convencimiento fácil. Un auditorio sin experiencia ni ejercicio del pensamiento crítico podría llegar a elogiar al opulento o al mafioso que destinan el medio por ciento de sus respectivas fortunas a obras de caridad en beneficio de un también medio por ciento de pobres e indigentes que pertenecen a una voluminosa masa perjudicada por la inequidad de sus prácticas siniestras. Sería, a modo de ejemplo, agradecer el óbolo humillante que, en aparente resarcimiento, dispensa a la comunidad afectada quien contamina a alta escala. 
 
Si en el marco de la vida social se deciden y realizan prácticas perniciosas que impactan en el presente y en los escenarios de largo plazo, es porque los responsables saben que la gente se distrae y se olvida con facilidad sin percibir el engaño. Confundir la causa con los efectos, promover decisiones basadas en la estridencia de la novedad y seducir con ilusiones de corto plazo, terminan por inmovilizar las mentes e impedir pensar con acierto. 
 
Asimismo, el no saber diferenciar las partes del todo y proceder de manera aislada, al punto de destinar los recursos de tiempo, dinero y energía en paliar los efectos solamente y dejar que las causas sigan intocables para seguir reproduciéndolos, no es otra cosa que una pérdida de la visión de totalidad y de la realidad. 
 
Estos casos imperceptibles de estupidez y parálisis mental evidencian la necesidad y la urgencia de una nueva educación, centrada en el desarrollo y en el uso debido de la inteligencia. Este proceso permitiría convertir la acción y la práctica pedagógica de cada docente en un genuino factor de entendimiento y convivencia armónica y, al mismo tiempo, promover una cultura que coloque a la inteligencia en el eje de la calidad académica y del mejoramiento personal y de la vida institucional y comunitaria. 

 
Dr. Augusto Barcaglioni
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar