Mis hijos me quieren pero no me soportan

            La decepción ante una ingratitud que no es tal

Según las observaciones informales que surgen espontáneamente en las instituciones educativas y en los ambientes familiares, se observa que la mayoría de los padres (y sin analizar los verdaderos motivos) afirma tener o haber tenido conflictos, desavenencias y dificultades con sus hijos, al punto de sentir incertidumbre, debilidad e inseguridad para afianzar o enriquecer los vínculos.

Así, ciertos padres, pertenecientes a una franja reducida (que por causas graves e inexplicables tiende a ampliarse en la actualidad), tienen la sensación de rechazo y de no ser amados por sus hijos. En cambio, para una franja más amplia (que lamentablemente tiende a reducirse en los últimos años) se observa en los padres la sensación de ser aceptados y de estar seguros del sentimiento filial. Sin embargo, a pesar de tal certidumbre, la mayoría de los padres advierte que, si bien son queridos por sus hijos, éstos no los soportan.

“Mis hijos me quieren pero no me soportan” es la expresión que surge de una sensación habitual en muchos padres que, a pesar de ser conscientes y de estar convencidos del amor de sus hijos, refleja gran desconcierto, desazón y angustia. De allí que algunos padres se sientan decepcionados por una suerte de ingratitud que no es tal; que otros se sientan cada vez más perplejos por una agresión que tampoco es tal y que otros permanezcan indiferentes o resentidos por una actitud que no se alcanza a comprender.

Surge, entonces, cierto estado de confusión, ya que parecería no comprenderse cómo el amor de los hijos hacia sus padres conviva con un sentimiento de cierto rechazo que, en algunos casos, y aún sin exceder la virulencia verbal, resulta agresivo. Ello tiene una explicación que exige a los padres una nueva ubicación ante el problema. De no ser así, queda abierto el camino del resentimiento, de la victimización o del reproche ante una actitud que, en definitiva, reclama ser comprendida de manera más integral.

Los padres deben comprender que la autonomía y la aspiración a tener vuelo propio son los bienes más preciados para quienes, como los hijos, están aprendiendo a vivir y empezando a conocer su mundo interno. En dicho proceso, esos bienes constituyen una conquista frágil que sólo se va fortaleciendo con la experiencia de la propia vida y con el conocimiento de sí mismo.

Mientras tanto, el largo trayecto a recorrer, si bien es promisorio, grato y alentador para quien lo recorre, está plagado muchas veces de incertidumbre, inseguridad, susceptibilidad, falta de confianza en sí mismo, insatisfacción y temor. Pero el joven que lo recorre está convencido de algo muy profundo: está en juego su felicidad y el acceso a su identidad personal.

En este contexto, lo que no soportan los hijos, sobre todo cuando han logrado cierta independencia, o están en camino de lograrla, es la sensación de entrometimiento en sus vidas por parte de sus progenitores. Por las razones mencionadas, esta intromisión no autorizada es percibida unas veces como invasión, otras como control y otras como simple curiosidad. Y aún siendo probable que esta sensación de los hijos sea producto de la fantasía o de la exageración, ello requiere el ejercicio de una serena ubicación y una equilibrada comprensión por parte de los padres.

Es esto lo que los padres deben comprender, puesto que tal “rechazo” no está dirigido a menoscabar la imagen paterna ni a cuestionar la esencia del amor filial, sino que está vinculado a una lucha interna relacionada con la necesidad y el anhelo de conquistar una mayor autonomía para pensar, independencia para decidir y libertad para vivir. Por eso, el arte de ser padres va a pasar por ejercer el arte de la discreta distancia, a fin de no asfixiar (o de no crear la sensación de asfixia) la vida de quien pugna y se pregunta constantemente quién es, qué debe hacer, si lo que hace lo elige por sí mismo o a instancias de otro.  

Sería un error adscribir de manera absoluta y lineal esta conducta que aparece problemática, a meros desequilibrios emocionales o a perturbaciones de la psiquis adolescente. Las rebeldías, las diversas formas de rechazo y las faltas de respeto y consideración no configuran una conducta anómala que debería ser tratada en un ámbito de profesionales y especialistas, sino una conducta a equilibrar a través de un aprendizaje consciente y respetuoso de las capacidades y talentos que podrían ser perfeccionados.

Salvo los casos patológicos, sería tomar un atajo equivocado y psicologista si los padres deciden soslayar el trayecto pedagógico universal que los obliga a comprender con amplitud mental el camino escarpado, y a veces doloroso, que se les presenta a quienes viven el inevitable proceso de formación y desarrollo personal.

La búsqueda de la propia superación es la tarea más sutil a la que todo ser humano debe responder ante las exigencias del mandato inexorable de la evolución. Este proceso es propio de quien, desde su insipiencia, está tratando de desplegar sus energías para emprender con autonomía un camino personal.

Pero no hay que dejar de tener en cuenta que dicha tarea requiere esfuerzo y constancia y constituye, al decir de Max Scheller, el “martirio escultórico de sí mismo”. Este anhelo casi sagrado de acceder a una formación superior, no debería ser profanado ni siquiera por quienes, al atribuirse un derecho que no tienen, dejan de cumplir el deber que por naturaleza les cabe: el deber de comprender las contradicciones y contrariedades del camino sinuoso que implica la construcción de la propia experiencia.

La identidad personal a la que aspira todo adolescente requiere, precisamente, ensayar las diferentes formas para construir una posición ante la vida. Tales ensayos o aproximaciones deben surgir de la propia experiencia y jamás de la imposición externa. En ese estado, como todo aquel que busca conocerse a sí mismo, el trayecto de la vida sufre infinidad de variaciones y contradicciones que el sujeto, tanto adolescente como el mismo adulto, deben comprobar por sí mismos según sus respectivas circunstancias ante la vida.

Desde un enfoque pedagógico, todo educador, sea en su rol de padre o docente, debe tratar de ser un observador atento y consciente de las variaciones y contradicciones de quienes buscan y aspiran superarse y vivir con autonomía. Tales variaciones, que afectan el estado de ánimo y sorprende a los adultos con comportamientos inesperados pasan por diferentes situaciones de aprendizaje y contradicciones.

Ante tales estados, y muchos otros que puedan sobrevenir, los padres deben comprender por qué sus hijos pueden no soportarlos y hasta rechazarlos en medio de un indudable afecto y admiración que expresa un saludable vínculo, además del deseo de superarse y el anhelo de ser más.

Dr. Augusto Barcaglioni

 

 

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar