Violencias de la uniformidad mental
Podemos constatar que la mayoría de los individuos que quiso ser u obtener un logro y no pudo por imposición externa, prejuicios o propia dejadez, responde a un estado de ánimo que conlleva n estado de uniformidad mental que conduce a la nivelación de la conciencia y al vacío existencial. Tales individuos no aprendieron a ejercer con autonomía un pensamiento propio ante las variadas y complejas alternativas que presenta un estilo de vida centrado en el modelo consumista.
Este fenómeno, que encierra subrepticiamente una verdadera violencia mental, se puede advertir empíricamente en quienes, por estar afectados por una autoestima precaria, menoscaban su capacidad de decidir por sí mismos ante la seducción consumista. Este estado de sumisión mental ante las imposiciones de la moda y las costumbres genera temores e inseguridades que acrecientan un estado de soledad y tristeza, sobre todo en niños y adolescentes que responden al modelo mental de sus padres. Ante tal vacío, éstos ilusoriamente intentan cubrirlo con satisfacciones fugaces brindadas por el cada vez más extenso repertorio de bienes posibles de adquirir y consumir.
En el actual modelo de la cultura consumista, la felicidad está asociada a la posesión de bienes sofisticados que desencadenan avalanchas y desbordes para obtener lo que se presenta como accesible. En este sentido, el objetivo de ser registrado por los demás como poseedor de bienes de prestigio, se convierte en la finalidad central en quienes han desplazado el eje de su existencia en la búsqueda de aprobación. El esfuerzo por lograr la complacencia ajena genera ese estado alienante, propio de quien ha sustituido el propio ser y vaciado su identidad. En tal situación, el contenido de la conciencia lo brinda la posesión de bienes y la jerarquía del consumo.
El síndrome de los famosos y la pérdida de autonomía
Los viajes caros, los lugares sofisticados, los bienes de alto valor, las amistades seleccionadas por su opulencia o prestigio, actúan como metas forzas para provocar a toda costa la percepción y aprobación social. Esta banalidad del modelo consumista predispone a los niños y adolescentes a heredar de sus padres una visión de la vida y del futuro al margen de la iniciativa y el esfuerzo personal. Al ignorar y soslayar el esfuerzo para acceder a la posesión y logro de resultados axiológicamente aceptables, la vida se convierte en un ámbito vacío alimentado por la ilusión y la comodidad.
Esta suerte de síndrome de los famosos se manifiesta en el despliegue fugaz de la ostentación y se convierte en un factor de alienación y pérdida de autonomía, expresada en la seducción que ejerce el logro de la aprobación ajena. Este consumismo a ultranza conlleva una visión sesgada de la vida y del futuro por la cual la razón de ser de cada individuo viene conferida por la percepción ajena de la propia apariencia.
Sabemos que la permanente expansión del modelo consumista, hace difícil y hasta impide el logro de una vida que permita la autonomía de pensamiento y el ejercicio de las decisiones propias. Ningún objetivo formativo es posible lograr en medio de las hostilidades provenientes de la alienación y de la seducción de un consumo indiscriminado y sin racionalidad alguna. Además, esta búsqueda compulsiva de bienes no genera un placer per se y acentúa desequilibrios emocionales con la mira puesta en el ansia desenfrenada de poseerlos.
Toda imposición conlleva uniformidad mental y el hábito de fingir lo que no somos
Es tal la fuerza de las imposiciones que muchas personas han recibido a lo largo de sus vidas, que algunos sienten que esa carga se les hace insoportable, sobre todo cuando la propia conciencia advierte una suerte de dualidad entre la conducta o actuación externa y lo que realmente se piensa y se siente.
Así, unos actúan como sinceros, otros como justos y ecuánimes, otros como tolerantes y flexibles, cuando en realidad harían lo contrario si las circunstancias y la ausencia de control externo permitieran y dieran lugar a la mentira, a la inequidad o a la intolerancia y rigidez.
De allí que responder con la conducta externa a una situación ejerciendo cierta tolerancia o paciencia hacia los demás por cuestiones de temor o conveniencia, podría significar haber dado una respuesta acertada ante un hecho, pero de ninguna manera podría implicar, considerando el valor intrínseco de la respuesta en sí misma, tener la virtud y la capacidad para ser honesto, tolerante o paciente. Si ocurre esto, podría tratarse de una conducta automatizada, en tanto que no fue adquirida por un aprendizaje consciente, sino por automatismos inculcados que impidieron la íntima convicción acerca de la actuación correcta.
Dichos automatismos son los recursos que la cultura familiar, escolar y social emplea para garantizar y “asegurar por afuera” la conducta considerada honesta o correcta para la convivencia social. Es así como vamos formando desde temprana edad el hábito de fingir lo que no somos.
Pues es muy probable que quienes actúen de esa manera hayan aprendido a fingir y simular por vía de imposiciones, bajo las presiones de un temor implacable o de la conveniencia interesada. El efecto inmovilizante de tales presiones, por otra parte, no admite el cuestionamiento crítico y consciente y convierte al sujeto en un mero autómata. Por eso, ser honesto por temor o conveniencia, en realidad no es ser honesto.
Las actuaciones éticas adquiridas por la endeblez de las convicciones aparentes
Si a lo largo de la vida el edificio del comportamiento ético no partió de la íntima convicción, la conducta ética del presente no es tal; será una burda “actuación ética” promovida a instancias del temor, de la conveniencia o la costumbre.
Más aún, el catálogo de prohibiciones e imposiciones que se fue adquiriendo a través de las etapas de crecimiento a modo de yuxtaposiciones forzadas, configura el historial cognitivo y psico-emocional del sujeto y de la comunidad, provocando comportamientos aparentemente autónomos, al modo de una actuación “virtuosa” sin contenido consciente.
Estos casos nos llevan a pensar que en la construcción del edificio moral del sujeto, éste no intervino; simplemente fue un receptor pasivo de normas y valores sin el aval de la íntima convicción. Si no se educa desde la íntima convicción, las imposiciones, las amenazas y la conveniencia serán yuxtaposiciones alejadas de la conciencia, donde el comportamiento ético no es tal, sino una mera actuación. Esto explica la endeblez de las convicciones aparentes y las contradicciones del comportamiento humano.
De esta manera, nos acercamos al núcleo esencial de la conducta ética, que proviene de una capacidad conscientemente creada que le confiere contenido a un comportamiento que emerge de la misma conciencia. Ya desde temprana edad, es posible conducir al niño a la íntima convicción del comportamiento moral, siempre y cuando se respeten sus tiempos de aprendizaje y asimilación de los valores. En tal caso, el niño no actuaría por la presión de los estímulos perniciosos del premio y castigo; por el contrario, aprendería a lograr con autonomía la íntima convicción acerca de la actuación correcta.
De ello surge la necesidad de revisar si nuestra conducta, actitudes y comportamientos acertados son verdaderas capacidades conscientemente adquiridas o meras respuestas y actuaciones automatizadas por la costumbre o la conveniencia. Arriesgando una hipótesis polémica, quizás habría que desarticular el andamiaje proveniente de la imposición y el temor que, lejos de generar una conducta honesta válida, lleva al sujeto a una actuación cuyo automatismo lo convierte en un actor vacío, alienado y sin libreto propio.
La violencia sobre la mente y la sensibilidad empaña la intimidad
Es un hecho empíricamente comprobado que tanto la tristeza infantil como el temor a decidir por sí mismo reconocen un origen pedagógico común, que consiste en la ausencia de estímulos y en la imposición (tanto en el hogar como en el ambiente escolar) de contenidos, valores y conductas que sustituyen la iniciativa personal y generan descalificación y desvalorización.
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