Ser dueño de sí mismo en medio de la apatía y el hastío

La  vida mecanizada y oscilante de adultos ociosos y sin autoridad

Una responsabilidad ineludible de todo educador consiste en formar a sus hijos o alumnos, según el caso, para que en el futuro puedan lograr un aprovechamiento del tiempo libre y convertir la amenaza del ocio improductivo en una oportunidad que, según los griegos, permita dar lugar a la riqueza de un ocio fecundo y constructivo.

Tal oportunidad evitará la búsqueda, a modo de “relleno”, de las variadas y múltiples vivencias carentes de sentido en un entorno dominado por la frivolidad de ciertos entretenimientos. Por tal razón, es necesario que los jóvenes logren ser dueños de sí mismos y aprendan a organizar su mente y a usar debidamente la inteligencia a fin de evitar el vacío, el aburrimiento y la rutina, propio de quienes no tienen nada que hacer porque están ociosos y sin dirección.

Este es el desafío formativo de todo adulto que, por su experiencia, se supone que aprendió no sólo a usar el tiempo libre y hacerlo productivo, sino también a enseñar esto a quienes todavía están aprendiendo a vivir y a usar debidamente el tiempo. 

Sin embargo, encontramos no pocos adultos que, exceptuando el horario prefijado por la rutina laboral de sus ocupaciones diarias, viven el resto del día en una constante improductividad derrochando su tiempo libre. Ello, sin excluir los casos de individuos demasiado ocupados porque la necesidad o la ambición personal no les otorgan margen para vivir creativamente y con más equilibrio.

Tales situaciones se presentan porque no hay una conciencia del tiempo ni de la vida que se vive. Es el tiempo inauténtico (M.Heidegger) que transcurre en una suerte de vacío y neutralidad amorfa, signada por una apatía generadora de hastío. Pues la indiferencia frente a la propia vida termina en el desdén y en el cercenamiento de las posibilidades para crear algo nuevo durante el tiempo que se vive. 

Por eso, salvando esos momentos de estricta obligación laboral, muchos adolescentes y jóvenes ven a sus mayores vivir una vida cuasi mecanizada, en un estado pasivo, sin iniciativas y oscilante entre la apatía y la rutina y la agitación y el aturdimiento. La vida vacía que muestran muchos padres y hasta educadores constituye, en este sentido, una pésima referencia para quienes están aprendiendo a vivir.

Este es un rasgo cultural predominante en los modelos consumistas, dado en el hecho de que el tiempo útil y productivo se adscribe solamente a las obligaciones laborales, excluyendo su valoración y aplicación a las demás dimensiones de la vida personal. 

Sea por una deficiente organización del tiempo, sea por una exclusión de los valores superiores, sea por la preeminencia de un criterio centrado en la rentabilidad o en la comodidad sin esfuerzo, lo cierto es que en tales casos la vida personal se va vaciando de los contenidos esenciales para dar cabida a los valores que postulan la utilidad como objetivo central. 

De allí que la búsqueda del éxito a toda costa no exime de los riesgos de caer en los parámetros de una ociosidad cuyo efecto alienante y de fatiga se manifiesta, en la mayoría de los casos, en el consumo de frivolidades audiovisuales como una vía de compensación y “relleno” del tiempo mal usado. Desde semejante paisaje mental, ningún adulto tendrá la autoridad suficiente para orientar o aconsejar a los jóvenes sobre el uso productivo del tiempo libre. 

Un adulto reacio a ocupar productivamente el tiempo más allá de las obligaciones rutinarias preestablecidas, quizás deba replantearse si quiere y anhela ampliar su vida hacia un horizonte fecundo y creativo que integre a la familia, a los hijos, a los amigos y a los proyectos vocacionales hasta ahora postergados y aún en estado de espera.

Esto explica por qué para una mayoría significativa de adultos la necesidad de recuperar una visión integral de la vida humana los impulse a prestar mayor atención y dar más prioridad a las cuestiones de la vida cotidiana, al diálogo con la propia familia, a la comunicación con los amigos y a las actividades culturales, vocacionales y de esparcimiento compartido. 

Ello implicaría una decisión trascendente que podría impulsar la vida a un plano superior y a una vida activada por proyectos que la van renovando en el aprovechamiento de un tiempo que, por ser fértil y productivo, puede convertir al sujeto en el verdadero dueño de sí mismo. 

Dr. Augusto Barcaglioni

 

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar