Creatividad para el ocio versus rutina ociosa

Educar para el ocio para no tener jóvenes ociosos

(Un nuevo escenario para padres y docentes)

Dicen que para ser creativo hay que disponer de cierto ocio. Puede ser así. También dicen que la tecnología acelera los procesos y procedimientos y que de esa manera se generan espacios de ocio. También los griegos hablaron del ocio. Y siguiendo la lista de los que dicen cosas relacionadas con el ocio, está la más elegante de todas y que forma parte de un capítulo de las ciencias de la educación. Ese capítulo postula, ya desde hace varias décadas, educar a las nuevas generaciones para el ocio. 

 
En realidad, el ocio está tomado en tales expresiones como la posibilidad de disponer de tiempo libre para algo fecundo y no para estar ocioso. En este sentido, es preciso que los educadores sepan ayudar a vivir en el ocio a los adolescentes y jóvenes, porque puede sobrevenir en ellos el riesgo de vivir en un estado ocioso. La ociosidad es un estado muy precario en la vida de cualquier individuo y sobreviene cuando la mente no piensa y carece de un propósito que le permita al sujeto tener un contenido para vivir. Así, el ocioso agota sus energías en el aburrimiento, en el no hacer nada y en una improductividad que termina en el hastío. 
 
¿Qué sentido tiene, entonces, educar a los jóvenes para el ocio? 
 
A tal efecto, debemos distinguir dos tipos de ocio: el ocio fecundo, postulado por la paideia griega, que implica la superación de las urgencias y necesidades. El griego está pensando en el ocio en términos de preparar un estado mental que le permita pensar con serenidad y escapar de las garras de lo que hoy sería un cronograma alienante e impregnado de tareas rutinarias. En este marco se encuadra el postulado de educar para el ocio, que implica enseñar a pensar y preparar la mente para vivir con plenitud e intensidad el tiempo libre, sin caer en un estado ocioso e infecundo.
 
Aclarado el concepto, queda explícita la segunda acepción de la palabra ocio. Esta acepción se diferencia de la primera en un hecho fundamental, que está vinculado con el vacío, el aburrimiento y la rutina como sensaciones que experimenta quien no tiene nada que hacer porque está ocioso. Si tener tiempo libre implica caer en un estado pasivo, inercial y lleno de apatía, tal estado seguramente incitaría al consumo indiscriminado de cosas que llenen y entretengan esa mente vacía y aburrida. 
 
De allí que en el ocio fecundo el sujeto vive una experiencia de plenitud productiva, mientras que en la ociosidad hay vacío y falta de voluntad.
 
Esto plantea un dilema muy profundo a los educadores, tanto en su rol de padres como de docentes, pues el avance tecnológico genera bolsones de tiempo libre al que hay que enfrentar de manera productiva y con sentido evolutivo. Si los adolescentes y jóvenes no están preparados desde una sólida formación que les permita organizar y usar debidamente la inteligencia, se inclinarán hacia la búsqueda de vivencias carentes de sentido y a la frivolidad del entretenimiento. Desde ese estado mental, el ocioso es conducido a un abismo signado por la falta de vigor y de entusiasmo en desmedro de una vida con proyectos que lo podría enaltecer como ser humano.
 
Dr. Augusto Barcaglioni
 

Cognitio
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar