El consumo de estereotipos y la violencia de la uniformidad

Automatización y nivelación de la conciencia

Aplicado a la vida mental, el estereotipo consiste en un molde conceptual inamovible, al modo de una estructura sólida (estéreo: sólido; tipo: molde) fácilmente manipulable por parte de quien tiene la habilidad y el poder de inculcarlo y de conseguir el propósito de moldear (o “marcar”) la inteligencia en formación de los jóvenes y la mente rutinaria de los adultos. 

Para llevar a cabo tal manipulación, se apela a ideologías, a prejuicios o a teorías con contenido supuestamente confiable a través de imágenes llamativas, seductoras y hasta promisorias. Ello permitiría garantizar una permanencia indeleble de tales imágenes en las mentes modeladas por vía extrínseca y lograr no sólo un efecto de uniformidad del pensamiento, sino también configurar una verdadera violencia mental.

Aunque en algunos casos los contenidos de tales imágenes muestran un determinado valor y resultan aceptables, el estereotipo cumple la función de modelar la mente a los efectos de encolumnar el pensamiento y convencer. Es en este sentido que el estereotipo, independientemente de su contenido, por el solo hecho de pretender inculcar y convencer, sea con verdades o con falsedades, genera la violencia de la uniformidad.

Esta forma de violencia encierra una gravedad extrema, al punto de vulnerar la dignidad humana desde sus raíces más profundas. Pues el proceso formativo natural de la inteligencia se configura y constituye esencialmente por la construcción autónoma de los conocimientos y por la íntima convicción de los valores que el sujeto va adquiriendo de manera consciente a lo largo de su vida.  

En tal sentido, en la medida que los padres y educadores pretendan imponer y “con-vencer” a sus hijos y alumnos acerca de la conveniencia o no de determinadas conductas y comportamientos, estarían adoptando un criterio conductista incompatible con el ejercicio consciente de la reflexión y la autonomía de pensamiento. De esta manera, emerge el estereotipo como una forma tendiente a sustituir la iniciativa de pensamiento de un sujeto que reclama el ejercicio libre y autónomo de su inteligencia.

Si bien la gran mayoría de padres y educadores acuerda y no cuestiona la legitimidad de los enunciados de ciertos estereotipos que, al ser impuestos por la moda o la costumbre se encuentran disponibles y resultan de fácil acceso, ello encierra un problema pedagógico de impacto irreversible en la mayoría de los casos. Tal como puede observarse en la mayoría de las encuestas informales y entrevistas espontáneas a padres y docentes, las mismas ponen de relieve la incidencia poco favorable de los estereotipos inculcados que modelaron las mentes infantiles con la ingenua pretensión de lograr supuestos fines formativos.

De allí que el problema pedagógico del estereotipo no es su contenido, sino la forma y el procedimiento con que se lo utiliza. Si un contenido axiológico altamente loable es inculcado como un molde compacto al punto de “marcar” la mente, ese solo hecho es incompatible con el sentido del valor ético y formativo que reclaman, per se, el ejercicio de la conciencia y de la íntima convicción del sujeto.

Ser honesto por esa vía mecánica no es ser honesto más que desde la apariencia y la conducta visible para los demás. Es la figura del bondadoso rutinario o de quien practica una virtud por tradición sin reflexionar siquiera sobre el fondo y las razones de sus prácticas. Pues la automatización generada por el estereotipo hace innecesaria la reflexión y el cuestionamiento crítico del propio pensar y actuar y con ello desaparece la condición insoslayable que valida a la conciencia como principio de autonomía.

Al inculcar un estereotipo determinado, sea cual fuere el valor de su contenido, se genera un mecanismo de desplazamiento del ejercicio de la autonomía intelectual, una anulación del juicio crítico y de la capacidad de comparar y analizar cada hecho o situación. Así, según la verdad o el gusto impuesto por la conveniencia externa, se inculcan ideas, prejuicios, actitudes, conductas, comportamientos, creencias y opiniones.

Y cuando tal práctica se ve facilitada por la falta de recursos mentales que impiden  al sujeto discernir sobre su aceptación o no, se crea un caldo de cultivo para el “negocio” del manipulador, del demagogo, sofista o mistificador. Y lo más grave es que esta práctica anti-pedagógica y niveladora de la conciencia, que mata la creatividad y anula la espontaneidad y la autonomía del pensamiento, se lleva a cabo de manera automatizada en los lugares más impensados: la escuela, la familia, la moral social.

El resultado no se hace esperar y con el tiempo emerge la violencia de la uniformidad, cuyo efecto imperceptible guarda una relación inversamente proporcional con el ejercicio responsable de la ética, con la búsqueda del bien y con el ejercicio de la propia iniciativa y creatividad. Así, a mayor nivelación de la conciencia y uniformidad del pensamiento, el compromiso con los valores y con la convivencia responsable quedan disminuidos y debilitados por la misma indiferencia que tal mecanismo provoca. 

Dr. Augusto Barcaglioni

 

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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar