La decepción de muchos exitosos que gozan de prestigio

Prestigio y vanidad como factores de aislamiento  

El lenguaje corriente asocia al individuo exitoso con la idea de felicidad, propia de quienes han logrado bienes y obtenido resultados felices. Este estado, a su vez, rodea al exitoso de un sólido prestigio ante los demás. Se trata, así, de una combinación apetecible que nadie quisiera desdeñar, al punto de que se convierte una de las aspiraciones más importantes del ser humano. 

Podríamos, al respecto, hacer una interminable apología del éxito y todo lo que implica su logro, ya que no es una adquisición gratuita y fácil de lograr. Sin embargo, muchos exitosos, obsesionados por la conquista y por el brillo de la imagen ante los demás, al mismo tiempo que luchan por mantener ese legítimo prestigio, se precipitan por el sendero de la obsesión y de una rigidez auto-exigente para con ellos mismos.    

Al sentir la necesidad recóndita de mantener intacto el brillo del éxito obtenido, ocultan sus dramas, deficiencias y miserias para mantener su imagen intachable. Es así cómo, en el fuero interno del sujeto, aparece una lucha perturbadora muy difícil de resolver con la verdad y la transparencia de la propia realidad.

A excepción de quienes su modestia y vida austera les permite ser felices con lo que son y con lo que poseen sin depender de la “vidriera” del éxito, se presenta el caso de quienes, en aras de un brillo muchas veces sostenido artificiosamente y hasta con exageración, apelan a la engañosa apariencia de ser aquello que no son en realidad.

Para estos últimos, la fascinación por el lustre de la personalidad y por el brillo de las cosas, los lleva al permanente reclamo de ser aprobados a toda costa y de brillar aunque sea por un instante fugaz. Ello los induce a generar el hábito de la simulación y la apariencia y a convertir tal reclamo en la actividad principal de sus vidas.

Visto desde el plano oculto y hasta contradictorio del mundo íntimo, dicho hábito constituye el drama de muchos exitosos que, gozando de prestigio, han paralizado y estancado la aspiración de ser más. Es así como buscan ocultar todo lo defectuoso y contradictorio de la vida personal, al tiempo que la vanidad, alimentada por el prestigio y la competitividad, los conduce al aislamiento. 

El éxito, en la medida que esté cimentado en el esfuerzo y en el despliegue de la propia capacidad creativa, lejos de ser un factor de tensión e inestabilidad emocional del sujeto, es un factor activo para que éste mantenga su propósito de ser más.   

Por ello, sólo el hombre modesto y sencillo, que puede dominar su vanidad y lucha para que el amor propio no se adueñe de sus decisiones y pensamientos, es un hombre verdaderamente feliz, capaz de vivir el éxito con serenidad y sin temor de perderlo.

Dr. Augusto Barcaglioni

Cognitio
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar