El dudoso llanto del arrepentido

Una hipótesis sobre el llanto hipócrita

En la cultura occidental-cristiana el arrepentimiento se representa como un estado de pesar y remordimiento que conmueven de manera insistente la memoria y las emociones de quien experimenta el reproche interno de haberse equivocado o actuado mal o inoportunamente.

Por su naturaleza, la vida es un camino que avanza y no vuelve atrás. El arrepentimiento pretende retroceder para rehacer con la imaginación un camino que ya no existe. En este caso, y sin advertirlo, el sujeto queda inmovilizado en un estado de arrepentimiento que genera un retardo que, de alguna manera, “hace esperar” a la vida. Aquí surge el germen improductivo de la tristeza, el vacío y la amargura, potenciado por una sensación oscura de estancamiento y parálisis de la acción.

Socialmente y para los paradigmas de una ética sostenida por la culpa y el temor, el arrepentimiento estruendoso cae bien y resulta creíble en la medida que se exprese como una conmoción cargada de sufrimiento y dolor intensos. Por eso, quienes dicen arrepentirse de alguna acción fallida tratan de aparecer, sincera o fingidamente, bajo los rasgos visibles de un padecimiento atroz.

Ello será, en el plano de la convivencia social, familiar o grupal, un indicador de que quien actuó con desacierto debería merecer la consideración y la oportunidad de un perdón que espera y reclama en todo momento.

Ante el nihilismo y la indiferencia axiológica que se rige con criterios pragmáticos en una cultura del arrepentimiento estruendoso, sentirse culpable, arrepentido, dolido y sufriente de la manera señalada, parecería una actitud honesta. Es tal el olvido y el desprecio por los valores morales, que aunque sea por culpa o reproche, dicho remordimiento juega con la fantasía de un logro social y de una actitud confiable.

Es así como, quien padece tal situación, siente el alivio de ofrecerle a la comunidad ese sufrimiento doloroso como prueba de un arrepentimiento precariamente sostenido por la ilusión mágica de haber compensado, aunque sea simbólicamente, los efectos del desacierto o daño provocado. Dado que tal mecanismo se rige por la apariencia, tal actitud resulta éticamente insuficiente y confusa, ya que no se advierte ni apunta al fondo ni a la esencia del verdadero arrepentimiento.

En ese contexto, quienes se arrepienten de una conducta deshonesta o fallida, en general lo hacen por una razón práctica y de conveniencia, tratando de “lavar” la imagen mancillada por el desacierto y comprometida ante la implacable opinión ajena. Esto no es arrepentimiento; es especulación asistida y potenciada por el egoísmo.

Es tal el sufrimiento que provoca las consecuencias del error, que la lógica que habitualmente se aplica es sentir pesar y remordimiento observando solamente los efectos y no advirtiendo las causas reales del daño u omisión bajo reproche. Por eso, se pretende pasar desapercibido en esta cultura de la apariencia, por lo que es muy probable que el sujeto continúe con la práctica de su conducta desacertada.

Este es el motivo y la razón principal por la que no es creíble quien dice arrepentirse. Pues en dicha situación, el sujeto busca proclamar y hacer conocer a todos un supuesto cambio de conducta y de valores que lo puedan reivindicar de cualquier manera.

En tal caso, se apela a las más variadas e infantiles formas de “lavado de conciencia”, tales como el llanto, la confesión pública, la práctica religiosa, las donaciones de tiempo y dinero, el ejercicio de conductas visiblemente honestas y la beneficencia. Pues se trata de hacer visible y demostrar a toda costa que no se es el mismo que antes, aunque no se hayan hecho desaparecer las causas reales que originaron los errores y desaciertos.

Dichos comportamientos, tan en boga en la sociedad y en la cultura de las apariencias, no apuntan a la esencia del arrepentimiento, pues son recursos anti-pedagógicos de presión de la conciencia, al punto de anularla y colocarla en un camino donde lo denso y opaco sustituye la lucidez de la íntima convicción para decidir un cambio real. Por eso hay que dudar del llanto del arrepentido.

Sabemos por experiencia que la mayoría de nuestras acciones carece de los atributos de la perfección y del acierto. En tal condición, nos equivocaremos y sufriremos los efectos de la imperfección y ello debe estar encuadrado en valores de sinceridad y honestidad. Quien se arrepiente de manera transparente y honesta lo hace desde la sincera e íntima convicción de los valores y desde la decisión de promover en su interior un proceso de reversión de las estructuras de pensamiento que configuran la conducta a superar.

Es a partir de este ejercicio autónomo de la propia conciencia que el sujeto podrá decidir su cambio en el silencio de su recinto interno, sin efectismos y sin el murmullo que pretende convencer a los demás de una honestidad que no es tal.

La íntima convicción para asumir una conducta honesta no especula de manera interesada por los efectos y las consecuencias, sino que se plasma en el ejercicio consciente y en un ámbito de silencio desde el cual genera su propia superación. Tal ejercicio requiere un proceso diametralmente opuesto a los estruendos de la proclama externa de un arrepentimiento oscuro y ficticio que busca en la tristeza y el sufrimiento estéril a sus aliados predilectos.

Dr. Augusto Barcaglioni

Cognitio
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar