EL NEGOCIO DE VIVIR EN EL LÍMITE II

Segunda Parte
 
Según vimos en nuestra nota anterior, la costumbre de vivir en el límite tendría, como una de las posibles motivaciones, la pretensión de evadir con cierta justificación y elegancia la responsabilidad y el desafío de cambiar los modelos mentales rutinarios y de acceder a la mejora y desarrollo personal. Salvo situaciones imprevistas e inciertas, vivir en el límite es una de las tantas maneras para no responder a las exigencias del cambio, simplemente por el hecho de estar ocupado y absorbido en muchas cosas. En tal sentido, aquellos casos en los que inciden situaciones de urgencia constituyen el escenario ideal para quien gusta vivir en el límite, pues las condiciones planteadas por la urgencia incitan a un activismo desenfrenado si el protagonista no aprendió a disponer de su tiempo con razonable equilibrio. 
 
Esto último puede conspirar contra las verdaderas soluciones, sobre todo si se tienen en cuenta los casos en los que inciden situaciones en las que el sujeto experimenta el placer de estar al borde de desafíos activadores de la tan mentada adrenalina. Ello, con el agravante de que en la mayoría de los casos, tales situaciones de “agenda completa” no revisten urgencias ni encierran gravedad. 
 
Por su aceleración y agitación, esta costumbre no permite decidir con autonomía ni vivir con armónica holgura. Si bien es atractivo para muchos, la constante búsqueda de situaciones que hacen vivir en el límite, genera la sensación ficticia de estar ocupado y de llenar así un vacío interno ocupando el tiempo sin inculpación alguna. Vivir tales episodios no sólo permite obtener un frágil placer inmediato sino llenar el vacío que el sujeto experimenta a diario bajo el efecto ilusorio de suprimir el reproche y obtener la “ventaja de no cambiar todavía”. Esto ocurre porque vivir en el límite conlleva el temor de que el tiempo libre es un enemigo que hay que matar llenando esos espacios vacíos que resultan insoportables. De allí la expresión de que es necesario “matar el tiempo” haciendo lo que sea. 
 
Convertir el trayecto de la vida en la búsqueda agitada de sensaciones por temor al vacío que no se sabe llenar es convertirla en algo mecánico, dado que el mismo sujeto ha dejado de reconocer y reflexionar sobre su propia realidad. Aquí se origina la falta de aceptación de sí mismo entregando la vida a un acontecer acuciante que impide al sujeto reflexionar y pensar con acierto. La consecuencia tangible de esa vida exaltada y agitada en los límites de cierto desenfreno y regida según los parámetros de la velocidad, el apuro y el éxito a toda costa, no es otra que la pérdida de la capacidad de disfrutar la vida con plenitud e intensidad. 
 
Y cuando la premura e impaciencia invaden la vida de los padres y educadores, éstos dejan de ejercer el arte de la espera y se someten a los condicionamientos de la rutina y la rigidez. De esta manera, comienza a imperar la violencia de la uniformidad en las mentes y la sensibilidad en quienes anhelan conocer con autonomía y aprender con entusiasmo y bienestar.
 

Dr. Augusto Barcaglioni
 


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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar