El oro no se oxida aunque pase años en el barro

El oro convive con la suciedad, el desorden, la enfermedad, la precariedad. No se aleja de ellos. Está ahí, mezclado. Y sin embargo, no cambia. No se deteriora. Mantiene su brillo y su valor con independencia del entorno que lo rodea.

Las personas no son tan distintas al oro en esto. Hay algo en cada uno que permanece, que no se oxida aunque la vida lo cubra de barro. Talentos que no se usan. Claridad que no se ejerce. Capacidad de pensar, de crear, de servir, enterrada bajo la urgencia del día.

El problema no es el barro. El barro siempre estuvo y siempre va a estar. El problema es que la mayoría vive mirando el barro.

Vi esto durante décadas trabajando con equipos y personas. No es falta de capacidad. Es falta de atención a lo que no cambia. Las urgencias (la enfermedad, el dinero, el conflicto) son ruidosas. Lo perenne es silencioso. Y lo silencioso pierde casi siempre contra lo ruidoso.

Pero el que aprende a equilibrar esas dos dimensiones (lo urgente y lo permanente) desarrolla algo que pocas personas logran: confianza real en sí mismo. No la confianza que depende del resultado del mes, sino la que viene de saber que hay algo en uno que el barro no toca.

El arte de vivir, si es que existe algo así, empieza por ahí. Por advertir que el oro existe. Por no confundir el barro con la totalidad de lo que uno es.
La pregunta no es si tenés ese oro. La pregunta es cuánto tiempo hace que no lo mirás.

Cognitio
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar

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