Nadie dice “te envidio.” Lo que dicen es “qué suerte tuvo”, “no se lo merece”, o simplemente callan y cambian de tema.
Durante años he observado personas en contextos muy distintos y noté que la envidia casi nunca aparece como tal. Aparece como crítica, como indiferencia, o como una alegría apenas disimulada cuando a alguien le va mal. Esta última es la más reveladora y la más difícil de reconocer en uno mismo.
Hay una envidia pasajera, cuando alguien consigue algo que uno quería y nos molesta por un momento. Eso es humano y no define a nadie.
Hay otra que es más oscura. Que no responde a un evento puntual, sino que se instala. El que la padece organiza su vida alrededor de lo que tienen otros. Compara, simula, actúa. Construye una versión de sí mismo para tapar el vacío, no para llenarlo.
Lo que las une es la vergüenza. La envidia duele el doble porque implica admitir, aunque sea ante uno mismo, que lo que otro tiene te parece mejor que lo que vos tenés. Eso nadie lo quiere ver.
El problema no es sentirla. El problema es no mirarla.
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