La anarquía del orden

El mito de la disciplina y del orden aparente

Uno de los mitos responsables de la pérdida de la motivación por aprender o de actuar responsablemente de cualquier niño o adolescente, está relacionado con la disciplina y el orden. Por su parte, la falsa idea de disciplina y de orden, utilizada por una gran mayoría de padres y docentes, adscribe tales términos a la ausencia de espontaneidad.

Ello significa que toda manifestación espontánea, como las diversas expresiones de alegría y entusiasmo, conspiraría para ellos contra el orden prefijado, llegando a desdeñar por presunciones equívocas a las esporádicas manifestaciones inquietas y traviesas que expresarían, a pesar de las interpretaciones sesgadas, una sana sensibilidad.

Lamentablemente, muchos adultos muestran su complacencia por los comportamientos rígidos, como señal de orden y garantía de previsibilidad. Pero dicha rigidez, que se asimila erróneamente a la idea de disciplina, promueve una comprensible rebeldía en quienes fueron presionados a asumir conductas “acartonadas” y faltas de frescura, sin advertir que con tal rigidez se instala en la vida un gran aburrimiento.

Por razones culturales, relacionadas con la necesidad de ser aprobados, con la apelación al temor o a la amenaza sutil, la fuerza y frescura de la espontaneidad se apagan en la vida de los jóvenes, dañando profundamente su autoestima y confianza en sí mismos.

En sentido riguroso, el orden rígido no es orden; simplemente es una posición externa válida para los objetos carentes de vida y faltos de sensibilidad. Si la vida es movimiento autónomo, el orden de ese movimiento no puede ser determinado ni impuesto desde el exterior, ya que existe por el dinamismo inmanente de la misma vida. Esto se entiende claramente en el plano biológico y nadie intentaría establecer un diagrama externo para disciplinar el movimiento celular como tal. La vida se configura con un ordenamiento intrínseco incompatible con toda imposición.

Podríamos decir que el orden impuesto externamente es válido y necesario cuando se adjudica a los objetos, pero no lo es cuando se dirige al sujeto por esa vía de imposición externa. El objeto tangible no se ve afectado en su esencia cuando le viene impuesto dicho ordenamiento. Cuanto más próximo al objeto tangible, la necesidad de imponer un orden queda validada y es necesaria, tal como lo observamos en las góndolas de los supermercados o en la distribución de mercadería, insumos o artefactos en cualquier negocio o empresa.

Sin embargo, en esa acción externa dirigida a los objetos, tanto la precisión como el resultado esperado de dicho ordenamiento no surgirán si no media la convicción interna (o compromiso) de quienes deben regirse con responsabilidad para cumplir las pautas que definen el orden de dichos objetos. De igual manera, si bien un equipo de bomberos debe regirse por un protocolo frente a un siniestro, como también en otras tareas que se rigen por la precisión, tal ordenamiento, aún cuando esté preceptuado, requiere que los procedimientos sean aplicados desde la convicción, la responsabilidad y el compromiso de los actores intervinientes.

Con más razón aún, el orden no puede ser impuesto cuando la acción, en lugar de estar dirigida a los objetos, se dirige a la vida y a la conducta del sujeto. Paradójica y lamentablemente, la tentación de imponer a las personas un orden pre-establecido desde el exterior es una propensión deficiente en quienes coordinan grupos laborales y de aprendizaje. En tal caso, se advierte con nitidez la contraposición entre la imposición y la convicción. Por su naturaleza, la convicción constituye un acto de conciencia ejercido de manera autónoma por el sujeto. Tal ejercicio promueve un orden por vía de auto-disciplina y auto-organización, tanto en individuos que responden a un protocolo laboral o de aprendizaje.

Como se puede observar, el mito de la disciplina y del orden aparente se sostiene en un falso concepto, al reducirlo a una expresión que soslaya la auto-conciencia y la autonomía como condiciones necesarias para asegurar y sostener un principio de orden en los procesos. En virtud de que el proceso pedagógico requiere disciplina para acceder al conocimiento, éste no se construye por azar ni imposición, sino con un método y rigurosidad incompatibles con la rigidez del orden aparente. Por tal motivo, la disciplina que conlleva todo método, adopta la forma de auto-disciplina y auto-organización, tal como lo exigen los procesos cognitivos y de aprendizaje.

Una mente manejada externamente es una ficción; la mente responde a los dictados de la subjetividad y se expresa en la conciencia e íntima convicción. Manipular la mente es desnaturalizar su función, además de impedir el proceso creativo y constructivo de la función de pensar. Por eso, cuando nos referimos a la mente incorporamos el concepto de autonomía y disciplina bajo la forma de auto-organización del pensamiento.

Cuando la manipulación mental se direcciona según un falso concepto de disciplina y orden, nivela las mentes hacia un pensamiento uniforme y parejo. Con ello desaparece la verdadera disciplina y la inteligencia cae en franca desorganización de sus funciones y operaciones, pues el sujeto no piensa, no razona, no analiza ni compara; simplemente acata las imágenes y los pensamientos provenientes de valores inculcados desde el exterior. Esto genera rigidez, una disfunción que coloca a la mente en bipolaridades conceptuales por vía de antagonismos y relaciones unívocas, cuya linealidad destruye la posibilidad de comprender el dinamismo autónomo de la propia vida y de las acciones humanas.

Dado que es imposible manejar la conciencia del sujeto, de ello resulta que todo intento o pretensión de imponer un orden puede terminar en anarquía mental. Porque el orden es, de por sí, adaptativo y creativo dado que, inexorablemente, se apoya y enriquece en la convicción de un sujeto autónomo y en la dinámica espontánea de la vida. De lo contrario, la conciencia se inmoviliza y da lugar a la paradójica anarquía del orden.

Una mente rígida puede aparecer ordenada y previsible para muchos, pero tal rigidez oculta el peor desorden: la anarquía mental emergente del determinismo de los procesos cognitivos. El mito del orden aparente promueve, por tal razón, un verdadero estado de anarquía y desorden del intelecto, pues paraliza el ejercicio de la capacidad del sujeto para interpretar con flexibilidad y comprender con lucidez los permanentes cambios y fluctuaciones de la realidad.

 Dr. Augusto Barcaglioni
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar