La difícil aventura cotidiana para decidir

El arte de mentirse a sí mismo 

 

A diferencia del hombre libre, con capacidad de decisión para actuar y pensar con autonomía, el esclavo transcurre su tiempo en una vida programada y decidida por otro. Aquí, “el otro” aparece a la mente del esclavo bajo una imagen de seguridad y rigidez que le permite vivir la sensación de estar en un apacible resguardo sin sobresaltos ni sorpresas. Esto significa que su vida se consume en la aridez y en la monotonía de hacer siempre lo que otro decide, sin siquiera cuestionar, opinar o cambiar sus rutinas, dado que prevalece un oculto temor a equivocarse. 


Esta figura del esclavo tiene grandes coincidencias y un exacto paralelismo con aquellos individuos que no quieren correr riesgos por miedo a los desaciertos y a no decidir por temor al propio reproche. Pues la libertad enfrenta al sujeto a un ámbito de indeterminaciones ante las cuales hay que definirse dentro del universo inagotable de lo indeterminado. Por eso, la libertad constituye un riesgo y conlleva una exigencia de decisión. Esto quizás explique por qué muchos no se definen y buscan que otros los sustituyan y tomen decisiones más seguras. 
 
Por otra parte, y dado que toda decisión lleva implícita la riqueza de cierta incertidumbre y fluctuación, el esclavo nunca asume riesgos, pues vive en una linealidad y en un amesetamiento rutinario y sin creatividad alguna. Por eso no sufre el sano temor a errar, ni se atreve a preguntar o hacer los cuestionamientos propios de quien está eligiendo en un campo de alternativas a veces incómodas. En este mito del orden aparente y estático, el esclavo deja de pertenecerse a sí mismo y empieza a ser sustituido por el imperativo de un modo de vida alienante y niveladora de la conciencia. Es tal la chatura mental que, aún en el manejo del tiempo, éste es administrado por afuera de la vida del mismo esclavo. 
 
La paradoja del esclavo liberado radica en el hecho de que en realidad no está preparado para la libertad. Lo cual explica por qué la vida del esclavo carece de posibilidades y alternativas, ya que queda embargada y sustituida por el amo, quien piensa y decide de manera cuasi-absoluta y sin riesgo alguno para quien ya no puede siquiera decidir ni pensar por sí mismo. 
 
Al modo de la seguridad que vive el niño ante la determinación inapelable de sus padres, o la del adolescente ante los modelos y estereotipos de la moda, muchos individuos dejan de pensar por sí mismos y se aferran a la rutina de una vida plana y a la frivolidad de un consumo de novedades. Sin horizontes y sin riesgos, la indecisión inmoviliza la voluntad de acción y paraliza la vida del sujeto dentro de los barrotes inadvertidos de la propia cárcel mental. 
 
Decidir requiere poseer conocimientos y confianza en sí mismo. Y cuando ello falta por comodidad o dejadez y por hábitos o costumbres disfuncionales, la toma de decisión queda encubierta por el ejercicio de una retórica discursiva que conduce a la ilusión de la libertad y del convencimiento personal. Este recurso de la razón convierte a la dilación y a la negligencia en cualidades aparentes, cuyo carácter ficcional trata de justificar con explicaciones elegantes la falta de acción y la pasividad de quienes optaron por la chatura de una vida sin horizontes. 
 
Quien imagina un proyecto tiene un pensamiento cuya potencia podría quedar en estado latente si no se lo lleva a la acción. De allí que la decisión es el canal que impulsa la voluntad a la acción. De esta manera, la imagen de un proyecto sale de su inacción y se concreta en la ejecución, al modo como la semilla pasa de su estado latente para convertirse en fruto. Pero ello exige la condición de brindar a esa semilla o proyecto los nutrientes de una tierra trabajada con voluntad, separando los “yuyos” de la comodidad y de la holganza, las “piedras” de la rigidez y la “sequedad” de la indiferencia. 
 
Como podemos observar, a este esclavo aparentemente liberado no le place hacer germinar sus proyectos porque es cómodo no tenerlos. Tampoco se esfuerza en pensar en los posibles riesgos y obstáculos, porque un amo protector piensa por él. Bajo esa costumbre, el esclavo liberado añora y reclama a un “otro” para someterse incondicionalmente, y sin capacidad crítica, al plan ajeno. Para el esclavo bien vestido de nuestros días, ese amo es el sistema que, desde lo cultural hasta lo laboral, ejerce fuerte presión sobre su mente y su sensibilidad, al tiempo que compromete su autonomía a través de las sutiles y engañosas cadenas de la seguridad y el confort. 
 
Por tal motivo, no basta con romper las cadenas de las cosas que nos esclavizan. Es necesario adquirir capacidades que nos permitan consolidar un estado mental que nos impulse a decidir y actuar con un sentido evolutivo, creativo y personal. Sin esa capacidad de decisión, el síndrome del esclavo liberado se instala como una paradoja en nuestras vidas al punto de que, sintiendo una libertad que no es tal, empezamos a ejercer el siniestro arte de mentirnos a nosotros mismos desdeñando el universo de las cosas posibles que se podrían realizar.


Dr. Augusto Barcaglioni
 
 
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Cognitio
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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar