La libertad de no ser libre: ¿Por qué nos sentimos tan cómodos siendo ecos?
El consumo de estereotipos y la violencia de la uniformidad conducen a la automatización y nivelación de la conciencia. Aplicado a la vida mental, el estereotipo consiste en un molde conceptual inamovible, al modo de una estructura sólida (estéreo: sólido; tipo: molde) fácilmente manipulable por parte de quien tiene la habilidad y el poder de inculcarlo y de conseguir el propósito de moldear (o “marcar”) la inteligencia en formación de los niños y jóvenes y predisponer a la mente rutinaria de los adultos.
Para llevar a cabo tal manipulación, se apela a ideologías, a prejuicios o a teorías con contenido supuestamente confiable a través de imágenes llamativas, seductoras y hasta promisorias. Ello permitiría garantizar una permanencia indeleble de tales imágenes en las mentes modeladas por vía extrínseca y lograr no sólo un efecto de uniformidad del pensamiento, sino también configurar una verdadera violencia mental.
Aunque en algunos casos los contenidos de tales imágenes muestran un determinado valor y resultan aceptables, el estereotipo cumple la función de modelar la mente a los efectos de encolumnar el pensamiento y convencer. Es en este sentido que el estereotipo, independientemente de su contenido, por el solo hecho de pretender inculcar y convencer, sea con verdades o con falsedades, genera la violencia de la uniformidad.
Esta forma de violencia encierra una gravedad extrema, al punto de vulnerar la dignidad humana desde sus raíces más profundas. Pues el proceso formativo natural de la inteligencia se configura y constituye esencialmente por la construcción autónoma de los conocimientos y por la íntima convicción de los valores que el sujeto va adquiriendo de manera consciente a lo largo de su vida.
En tal sentido, en la medida que los padres y educadores pretendan imponer y “con-vencer” a sus hijos y alumnos acerca de la conveniencia o no de determinadas conductas y comportamientos, estarían adoptando un criterio conductista incompatible con el ejercicio consciente de la reflexión y la autonomía de pensamiento. De esta manera, emerge el estereotipo como una forma tendiente a sustituir la iniciativa de pensamiento de un sujeto que reclama el ejercicio libre y autónomo de su inteligencia.
Si bien la gran mayoría de padres y educadores acuerda y no cuestiona la legitimidad de los enunciados de ciertos estereotipos que, al ser impuestos por la moda o la costumbre se encuentran disponibles y resultan de fácil acceso, ello encierra un problema pedagógico de impacto irreversible en la mayoría de los casos[1].
De allí que el problema pedagógico del estereotipo no es su contenido, sino la forma y el procedimiento con que se lo utiliza. Si un contenido axiológico altamente loable es inculcado como un molde compacto al punto de “marcar” la mente, ese solo hecho es incompatible con el sentido del valor ético y formativo que reclaman, per se, el ejercicio de la conciencia y de la íntima convicción del sujeto.
Ser honesto por esa vía mecánica no es ser honesto más que desde la apariencia y la conducta visible para los demás. Es la figura del bondadoso rutinario o de quien practica una virtud por tradición sin reflexionar siquiera sobre el fondo y las razones de sus prácticas. Pues la automatización generada por el estereotipo hace innecesaria la reflexión y el cuestionamiento crítico del propio pensar y actuar y con ello desaparece la condición insoslayable que valida a la conciencia como principio ético y de autonomía.
Al inculcar un estereotipo determinado, sea cual fuere el valor de su contenido, se genera un mecanismo de desplazamiento del ejercicio de la autonomía intelectual, una anulación del juicio crítico y de la capacidad de comparar y analizar cada hecho o situación. Así, según la verdad o el gusto impuesto por la conveniencia externa, se inculcan ideas, prejuicios, actitudes, conductas, comportamientos, creencias y opiniones.
Y cuando tal práctica se ve facilitada por la falta de recursos mentales que impiden al sujeto discernir sobre su aceptación o no, se crea un caldo de cultivo para el “negocio” del manipulador, del demagogo, sofista o mistificador. Y lo más grave es que esta práctica anti-pedagógica y niveladora de la conciencia, que mata la creatividad y anula la espontaneidad y la autonomía del pensamiento, se lleva a cabo de manera automatizada en los lugares más impensados: la escuela, la familia, la moral social.
El resultado no se hace esperar y con el tiempo emerge la violencia de la uniformidad, cuyo efecto imperceptible guarda una relación inversamente proporcional con el ejercicio responsable de la ética, con la búsqueda del bien y con el ejercicio de la propia iniciativa y creatividad. Así, a mayor nivelación de la conciencia y uniformidad del pensamiento, el compromiso con los valores y con la convivencia responsable quedan disminuidos y debilitados por la misma indiferencia que tal mecanismo provoca.
Cómo sentirse a gusto consigo mismo
Desde una visión cognitiva, podemos observar los diferentes matices de la tristeza humana, de los estados de sufrimiento, de las pérdidas irreparables, de la sensación de amenaza ante la pobreza, la enfermedad o la muerte y advertir que la gran mayoría de las personas califican y atribuyen a dichos estados como huéspedes mentales destinados a cumplir el objetivo de mortificar la vida y hacerla poco tolerable y llevadera.
Pero también se advierte que, ante desgracias de alto voltaje, algunos logran aprender y adaptarse y otros caen en el resentimiento crónico y en el lamento improductivo. Ello se debe a que los primeros disponen de reservas internas para hacer frente a lo adverso, mientras que los segundos sucumben por la merma de su vitalidad psicológica y emocional.
Esto nos muestra que el ser humano dispone de un potencial de reservas mentales y emocionales que, en la medida que lo conoce y aprovecha en favor de su integridad, podrá salir airoso y hasta acceder a un aprendizaje que lo fortalezca y motive para tomar decisiones y renovar su vida.
Sin embargo, el mayor obstáculo evolutivo del ser humano es no sentirse a gusto consigo mismo. Pues en este caso no se trata de no reconocer o no saber aprovechar el potencial de reservas, sino de negarlo de plano, por haber sustraído de su propia vida el resto de reserva que le pudo haber quedado.
Aún quienes padecen y sufren un estado de resentimiento pueden advertir sus capacidades y valorarse para enfrentar lo adverso, pues de algún modo buscan encontrar la forma de sentirse a gusto consigo mismos. Pero quienes no logran tal meta, realizan una suerte de pacto estable y hasta permanente con el descontento, la insatisfacción y el pesimismo. Es así como muchos, por no haber logrado conocer su potencialidad ni aceptarse a sí mismos, ofuscan y obnubilan su pensar y sentir.
De esta manera, cancelan las posibilidades de ser más, de decidir y evolucionar para quedar sumidos en la penumbra de un dolor no comprendido y en el vacío que los conduce a la autodestrucción y a estados mentales abrumadores que quitan el entusiasmo y la motivación para decidir y transformar la propia vida.
La uniformidad de pensamiento debilita la comunicación y la convivencia
Dado que la uniformidad de pensamiento constituye un modelo mental inculcado y aceptado pasivamente, tiene un efecto nivelador de la conciencia y promueve en cada individuo una suerte de homogeneidad mecánica mediante la automatización de su pensar, sentir y obrar. En tal sentido, al ser incompatible con la condición de autonomía propia de la inteligencia y con la iniciativa personal, provoca un impacto mental cuya uniformidad genera no sólo la incapacidad de los individuos para pensar y decidir por sí mismos, sino también la disgregación de la comunicación y de los vínculos inter-personales.
Esta uniformidad, sea por surgir de manera espontánea o por convenciones y/o manipulaciones establecidas de antemano, soslaya la experiencia individual y actúa a modo de un “formato” mecánicamente aceptado en el imaginario social. El resultado de este mecanismo es la incondicionalidad y la sumisión mental, con la consecuente destrucción de las posibilidades de comunicación entre los individuos.
Por otra parte, el consumir imágenes estereotipadas producidas por otros y sin verificar la validez de su fuente y contenido, no es otra cosa que pensar, sentir y vivir entretenido en la periferia y en los bordes de la realidad, bajo la penumbra de lo aparente y el acatamiento pasivo de una mente que, en tal situación, no puede ejercer el pensamiento crítico. Esta desviación, en la medida que carece de la iniciativa, del afecto y de la íntima convicción del sujeto, conduce al uso superficial de terminologías de moda, relacionadas con la tolerancia, con el compromiso, con el respeto a la diversidad y con la reciprocidad en el trato, generando inevitables confusiones semánticas que terminan por convertirse en verdaderos estereotipos vacíos.
Y aquí surge la paradoja del estereotipo: lejos de unificar, disgrega la comunicación, desintegra y atomiza los vínculos aunque haya una forma común (pero no comunitaria ni compartida) de ver, interpretar y adherirse a las cosas.
Toda comunicación entraña la riqueza del intercambio y del afecto en un marco de tolerancia y de comprensión y apertura a la diversidad y singularidad. A diferencia de la comunicación inducida mecánicamente por razones de intereses egoístas, la comunicación y la convivencia conscientes se nutren de los afectos, de la convicción y de la autonomía de los individuos.
En el proceso de compartir y aceptar a los demás tenemos el fundamento, entre otros, de la tolerancia, del respeto a la vida del semejante y de la convivencia. No se trata de un respeto teóricamente declamado (que termina transformándose en estereotipo) sino de un respeto que piensa y comprende de manera consciente el contenido de la vida del otro, sus dolores, sufrimientos, alegrías, concepciones y dudas.
Estereotipos camuflados que impiden dejar al descubierto la propia identidad
La riqueza contenida en una actitud de apertura sensible y afectiva al contenido de la vida del prójimo es diametralmente opuesta a las limitaciones impuestas por estereotipos y modelos mentales que exaltan la comunicación y los vínculos con un criterio estrecho y superficial. A ello responden los pensamientos camuflados que sigilosamente esconden soberbia, omnipotencia y frivolidad y que se expresan en un trato indiferente y hasta manipulatorio y sin compromiso.
Esto es fundamental para que en cada escuela, en cada aula y en cada familia o grupo humano los docentes, padres y responsables de organizaciones sociales puedan trabajar con más acierto y eficacia para promover iniciativas y enseñar a pensar con más rigurosidad y precisión. Ello ha de requerir un proceso de sensibilización que permitiría evitar las violencias explícitas y/o latentes que albergan los estereotipos, la uniformidad del pensar y la nivelación de las conciencias.
La experiencia de padres y docentes se verá enriquecida en la aceptación del desafío de tener que ejercitarse cada día con la diversidad del contenido de la vida de los niños y adolescentes con quienes tienen que vincularse. Se trata de aceptar el contenido de una vida diferente, disímil, complicada y difícil, propia de niños y jóvenes que reclaman se les permita dejar al descubierto su propia identidad y se les enseñe a crear para sí mismos las capacidades que les falta adquirir para su formación y desarrollo.
La ausencia de este proceso consciente en la educación familiar y escolar facilita, como es lógico, la aparición de los variados intentos de ejercer la violencia de la uniformidad en las mentes y la sensibilidad de los individuos. Sin respetar su diversidad ni su diferenciación, el estereotipo termina por nivelar las mentes y someterlas a un estado de dependencia y sumisión. Este acatamiento pasivo a verdades y valores inculcados sin el ejercicio de la autonomía de pensamiento, promueve actitudes y creencias sin convicción alguna que afectan de manera ostensible los vínculos inter-personales.
Esto conlleva la necesidad de superar y saber identificar, desde el ejercicio de una educación centrada en la sensibilidad y la comunicación, aquellos estereotipos generadores de la violencia de la uniformidad en el pensar, sentir y hacer de quienes no han podido descubrir todavía en sí mismos su potencial de iniciativa, creatividad y auto-realización.
El apego compulsivo que afecta el bienestar y la convivencia
Los condicionamientos del modelo consumista actúan como generadores de un apego compulsivo que termina por embargar y afectar el bienestar y la convivencia de la vida cotidiana. Dado que en esta situación fáctica se encuentra el germen de la soledad y la tristeza infantil, se hace necesario identificar tales condicionamientos a fin de utilizarlos como guía orientadora para revertir dicho modelo y acceder a un enfoque liberador y humanista[2].
Tal como lo venimos planteando, el modelo cultural y axiológico del consumismo apunta al hecho de que la posesión de bienes utilitarios y de valor material le confiere un valor ontológico a la vida humana y es la condición prevalente para ser percibida, aprobada y aceptada por un entorno que despojó a la existencia humana de un sentido evolutivo superior. Ello, al punto de que no pocas preferencias socio-culturales y familiares le confieren mayor gravitación al éxito laboral que a los valores vinculados con el afecto, el compromiso y la solidaridad.
La adquisición de herramientas y técnicas (idiomas, manejo del arsenal informático, dominio de las redes sociales, manejo de la agenda laboral, informaciones de mercado) ocupan el primer nivel de preocupación y preferencia de los padres por el futuro de sus hijos y guardan un correlato estricto con las exigencias del modelo consumista. En cambio, los objetivos pedagógicos relacionados con la organización del pensamiento, con la autonomía para pensar y decidir, con el arte, con el sentido lúdico del deporte y con el cuidado de la salud, ocupan un nivel de preferencia relativo que oscila aleatoriamente en la mayoría de los grupos intervinientes.
Como dato cualitativo, las investigaciones micro-etnográficas manifiestan una suerte de transversalidad en cuanto al grado de similitud proporcional reflejada en grupos de diferentes niveles de ingresos. Se advierte, por ejemplo, que alrededor del 70% de los padres centran los objetivos de la educación para sus hijos en asegurarles para el futuro un desempeño óptimo en el mercado laboral mediante destrezas instrumentales y operativas, mientras que cerca del 20% ponen el acento en las habilidades cognitivas, en el desarrollo emocional y en objetivos formativos vinculados con la convivencia y las actitudes.
Notas y Referencias:
[1] Tal como puede observarse en la mayoría de las encuestas informales y entrevistas espontáneas a padres y docentes, las mismas ponen de relieve la incidencia poco favorable de los estereotipos inculcados que modelaron las mentes infantiles con la ingenua pretensión de lograr supuestos fines formativos. Cfr. Cognitio.com.ar
[2] Desde un enfoque micro-etnográfico aplicado en instituciones educativas, hemos podido detectar empíricamente que la preocupación e interés prevaleciente de la mayoría de los padres se vinculan con el logro de las habilidades prácticas y destrezas de desenvolvimiento eficiente requeridas por el mundo laboral y por las demandas de confort y bienestar implícitas en el modelo de status social vigente.
excelente, como todos los articulos, muchas gracias por compartirlo.