El partido entre Argentina y España dejó una enseñanza valiosa que parecería ser que los argentinos hemos aprendido a valorarla. La tendencia de los argentinos a la queja, a la insatisfacción y a la agresión ante una pérdida o frustración es muy conocida y parecería ser que esta vez algo puede cambiar.
El conjunto de la sociedad argentina, comenzando por el mismo equipo e integrantes de la Selección, se adaptó favorablemente y sin rebeldía alguna, ante la pérdida sufrida, bajo el reconocimiento inusual de la superioridad del rival.
Es así que el sufrimiento que produjo en los argentinos tiene un condimento de calma, serenidad y empuje para empezar de nuevo.
El fracaso vergonzante de antaño no existió. En el entorno argentino se logró comprender que el fracaso no existe y que es una sensación estandarizada por la costumbre que se impone ficticiamente al inculcarla en el ánimo de los individuos por no haber llegado a la medida que los demás fijaron para nosotros.
El éxito existió parcialmente, porque se comprendió que podría funcionar como una imagen perturbadora que desvía la energía y las emociones a instancias de la soberbia y la arrogancia.
Parecería ser que el cotejo de metas sociales impregnadas de éxito conduce a la frivolidad y al festejo fugaz. Por esta razón, lo que llamamos éxito en realidad es la copia tramposa de lo que hacemos con lo que quieren y esperan otros de nosotros. Es así como dejamos de ser nosotros mismos.
En sentido estricto, no existen ni el éxito ni el fracaso sino el sentido evolutivo que extraemos de las situaciones que transformamos en aprendizaje (éxito) o en el dolor perturbador que lleva a la inacción que somete al fracasado.
El problema radica en la medida ajena que se despliega ante la amenaza de triunfo o de pérdidas. De allí que el concepto y el enfoque práctico y cotidiano del ´{éxito y el fracaso se deberán buscar en la propia voz interior de las íntimas convicciones, ya que en esa vocación está la propia medida.
En individuos con fuertes propensiones a la comodidad y a sesgar la experiencia sistémica del aprendizaje, el fracaso es utilizado (en cualquiera de las formas en que se presenta en la vida humana) de manera paradójica e inexplicable, como una forma de “sedante” o placebo mental que encubre el alto costo de la inacción y la inercia mental al ser reacios al aprendizaje sistémico y a las nuevas formas superadoras de la cognición,
La sensación de fracaso, en cualquiera de las actividades de la vida humana, constituye una experiencia mucho más expansiva, evolutiva y llena de potencialidades respecto a las formas de estrechamiento y limitación.
Por eso, es necesario plantear una fenomenología de la imagen adquirida, en la que se podrá comprender un proceso vacío de contenido donde prevaleció la apariencia de un éxito ficticio vaciado de realidad y contenido.
La pregunta que queda, entonces, no es si uno tuvo éxito o fracasó. Es si uno vivió de acuerdo con su propia convicción, o si vivió administrando la imagen que otros esperaban ver.
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