La tristeza que vuelve una y otra vez desde el pasado no es nostalgia. Es una señal de que algo no se procesó, pero que tampoco se aprendió.
Hay quienes sufren con culpas no resueltas, con perdones simulados, con auto-reproches que se repiten sin sentido. Lo que más llama la atención no es la carga, sino la energía que se gasta en sostenerla.
Hay caminos para salir de ahí. Uno es la aceptación honesta de lo que fue, de lo que uno hizo, de lo que ya no puede cambiar. Una aceptación sin atenuantes y como punto de partida real.
Pero hay otro camino más íntimo y más profundo…
El de llorar sin pesadumbre. Pero no el llanto que hunde ni el que busca compasión. Es el llanto sincero y apacible que llega cuando uno deja de resistir. Es ese llanto suave que no es debilidad, sino un movimiento interior que abre espacios. Esta forma de estar consigo mismo pocas veces nos permitimos.
Cuando ese llanto termina, algo cambió. Pero no dramáticamente, sino silenciosamente. Donde había pesar, ahora hay espacios liberadores. Y en ese espacio entra algo que no se puede forzar que son las ganas de vivir con alegría.
Pero no la alegría ruidosa, sino la otra, la que viene de saber que uno fue capaz de mirarse, de sentirse, de superarse. Esa alegría tiene raíces y no se va con el primer viento.
La pregunta no es si los recuerdos pesan. La pregunta seria “si estamos dispuestos a soportar ese llanto que sana”.
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