Una perspectiva de la autoridad escolar

¿Autoridad escolar o autoridad escolarizada? 

En cualquier ámbito de la vida social, institucional y organizacional, la experiencia nos muestra que la ausencia de una autoridad inteligente y conciliadora promueve un vacío funcional y grupal. A partir de ese “quiebre”, muchas veces oculto, se transita un camino de fragmentaciones por vía de desconfianza, sospecha, apatía, negligencia o desinterés que conduce a un caos muchas veces irreversible. Pues el caos se gesta en la torpeza de quien ejerce una autoridad excesiva, nula o deficiente al atomizar y desintegrar, por exceso o por defecto, las interrelaciones funcionales y los vínculos personales. Pero también el caos se perpetúa cuando los individuos, sea por reacción ciega, sea por sumisión pasiva o por temor, dejan de pensar con autonomía y de construir ámbitos evolutivos de convivencia y de aprendizaje grupal. 


Así, el ejercicio abusivo de la autoridad impide el equilibrio cognitivo-emocional en las tareas del grupo, puesto que sofoca el entusiasmo y la autonomía de las personas. Ello ocurre cuando, por exceso, quien ejerce poder manipula y exige sin criterio, cuando es indiferente con los objetivos que tiene que promover, cuando ignora a los colaboradores, cuando se encierra en el recinto lúgubre de una supuesta “dirección” y pasa el tiempo ocupado en un control estéril y en rendir culto al mito del orden aparente. Es la manera de impedir la resolución de lo que más necesita una institución u organización para vivir un clima fecundo de aprendizaje y bienestar. 

Cuando la autoridad se ejerce con inteligencia y honestidad intelectual, no hay obediencia ni acatamiento; hay colaboración, creatividad y compromiso. Cuando ocurre lo contrario, hay “violencia blanca”, que se va gestando imperceptiblemente para desembocar en los efectos no deseados de la pérdida de calidad y eficiencia. Esto es lo que ocurre en las organizaciones e instituciones cuyos equipos no han desarrollado un clima interno de armonía y bienestar. 

En el campo de las organizaciones en general, la pérdida de la armonía inter-personal y funcional es un problema que tiende a resolverse con rapidez y a medida que se evalúa su impacto negativo. En el campo educacional, este problema es una paradoja que persiste ante la falta de evaluación del impacto negativo que provoca en el clima interno de la institución. Si bien esto último no es una regla general, encontramos muchas instituciones con directivos y docentes carentes de liderazgo, donde el acto de “dirección” se asimila al ejercicio de la manipulación de papeles y normas para satisfacer la burocracia de un sistema que no mide ni cuantifica los efectos de una “violencia blanca” ejercida en desmedro de los docentes, niños y adolescentes. Ello puede explicar, por otra parte, las razones de los desencuentros familia-escuela y de la indiferencia y desinterés de ciertos padres. 

Sin exagerar, podríamos decir que los procedimientos obsoletos, añejados en la mente de un directivo sin compromiso con la calidad del proceso áulico ni con el perfil de competencias y habilidades a lograr en los futuros egresados, le impiden advertir lo que pasa en la mente, en la sensibilidad y en la vida de los docentes y alumnos. Por eso hay directivos sin liderazgo; y falta liderazgo porque la autoridad abusiva y deficiente genera un vacío pedagógico que impide crecer. En tales casos, se advierte claramente el germen de las violencias que generan la falta de capacidad, de equidad y de ética y compromiso por parte de quienes deberían estar al frente de manera activa y creativa de los procesos orientados al desarrollo y a la formación humana. 

De ello surge la necesidad de que los directivos y docentes renueven sus modelos mentales y paradigmas, a fin de acceder a ese carácter nutriente y flexible que debe caracterizar a todo el ámbito escolar para que el proceso pedagógico contribuya al desarrollo del talento y a la mejora personal de quienes se encuentran en un proceso activo de superación y perfeccionamiento. Por eso, cuando la autoridad se convierte en un fin, cuando se la busca como un atributo para ejercer poder y lucimiento personal, estamos ante directivos emocionalmente incompetentes que no han comprendido la dignidad de la tarea para conducir un equipo de formadores. 

De allí la importancia de que el directivo tenga siempre en cuenta que su función esencial radica en asegurar un clima para enseñar y aprender con creatividad y en plasmar un modelo de conducción abierto, flexible y tolerante centrado en las personas. Pero cuando la gestión del directivo apunta a una organización y administración escolar despojada de comunicación e intercambio, la rigidez mental se convierte en el sustituto de la creatividad y el control en el contaminante perturbador del clima de confianza grupal. 

Tanto en nuestra encuesta semanal como en la percepción diaria, surge que el ejercicio de la autoridad adolece de falencias que menoscaban el logro de la finalidad formativa de la institución educativa. Así, el ejercicio abusivo y rígido de una autoridad “escolarizada” se advierte con mayor frecuencia, siendo escasa y hasta insignificante la existencia de un ejercicio flexible y nutriente. El ejercicio excesivo (abusivo) y deficiente (precario), fomenta el acatamiento, la pasividad y la sumisión del pensamiento. Tal disfunción impide pensar con rigor y puede afectar tanto al docente respecto de sus directivos, como al alumno respecto de sus docentes. 

Este planteo nos conduce a un tema que se mantiene en silencio, escondido en los refugios de una burocracia que encubre la inoperancia, la incompetencia y el habitual amiguismo fraudulento. Si la autoridad no es concebida como servicio, es probable que quienes la ostentan hayan accedido al cargo sin el aval del conocimiento y sin la idoneidad de la experiencia creativa. Lamentablemente, el único aval se refleja en los papeles formalmente presentados en concursos que, aun en casos de ausencia de una tergiversación de sentido, no dejan más que dudas acerca de la eficacia futura de la conducción institucional. La ponderación objetiva e integral del postulante se convierte en una necesidad que debe ser encarada con criterio profesional, sentido ético, idoneidad y equilibrio emocional para vencer los obstáculos de la indiferencia y el autoritarismo como virus mortales de un ambiente educativo apacible.


Dr. Augusto Barcaglioni



(Agradeceremos contestar la breve encuesta semanal, ya que una simple tilde nos permitiría aproximar nuestras notas y reflexiones hacia los 
temas más sensibles y críticos)


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Dr. en Ciencias de la Educación. Profesor de Lógica y Psicología (UCA). Contacto: barcaglioni@hotmail.com.ar